pantha-finalDe polémicas se nutre la industria musical. En estos momentos, la electrónica se ve inmersa en la batalla entre el EDM y… bueno, todo lo demás. EDM (“Electronic Dance Music”), término que se ha ido popularizando en los últimos meses, término que parece acuñado en contraposición al IDM (“Intelligent Dance Music”) y orgulloso de su carencia de intelligent, pone a todos los adolescentes a mil, mientras que a los sesudos popes del género les pone de bastante mala leche. A un señor de Hamburgo llamado Hendrik Weber, este debate, ciertamente, se la suda. Él va a su bola, y hace bien.

Weber, más conocido entre nosotros como Pantha Du Prince, lleva creando beats etéreos desde hace ya una década, antiguamente asociado al sello Dial, ese nido de raritos enamorados del techno y el house, mitad fríos ingenieros alemanes, mitad románticos empedernidos. Weber siempre se ha inclinado del lado melancólico de la electrónica, reduciendo en temazos como “Saturn Strobe” la distancia entre la almohada y la pista de baile. Su extraordinario talento se vio a plena luz y más gratamente recompensado por la crítica especializada con su obra maestra: “Black Noise” (Rough Trade, 2010). Ya por entonces iba demostrando el chico una cada vez más fuerte afición a tocar la campana, un instrumento que empezó siendo como un sonido fetiche para el alemán (y otros de su calaña) y que ha ido tomando cada vez más protagonismo en sus producciones. Y anda que no le da a las campanitas en su último trabajo.

En realidad, esta vez no salen disparadas de sus samplers, sino tocadas a pleno pulmón por un grupo de noruegos llamados The Bell Laboratory, especialistas del carrillón de gran cilindrada, con los que comparte la autoría de “Elements Of Light” (Rough Trade, 2013). Porque, si no lo habías adivinado todavía, el sonido de campana protagoniza este álbum desde el primer segundo hasta el último, sin tregua ni descanso. Comienza con “Wave”: una atmósfera mágica, resonancias envolventes como salidas de un templo budista entre la nieve y un inicio más que prometedor. No tarda en hacerse cada vez más fuerte la presencia de Pantha Du Prince tal y como lo conocemos: “Particle” es la continuación natural del minimal techno desarrollado y perfeccionado en “Black Noise”. Sin embargo, la fórmula manifiesta sus primeros síntomas de agotamiento según se va acercando el final del corte. Llevamos quince minutos de disco y este ya comienza a mostrar su fecha de caducidad. Con “Photon” se atisba cierta falta de ideas (¿A nadie se le aparece la voz de Panda Bear como un fantasma, cantando “Stick To My Side”?) y, por suerte, el principio de “Spectral Split” es una grata vuelta al silencio, al timbre como elemento musical primario, a partir del cual se desarrolla un colosal experimento de más de 17 minutos, tan bien estructurado como fatigante y, finalmente, estéril. Termina siendo más un ejercicio de estilo que algo a lo que volver repetidamente, lejos de esas montañas rusas emocionales a las que el alemán nos tenía acostumbrados.

El proyecto no deja de ser interesante, y es agradable ver cómo Weber se posiciona esta vez aún más cerca de compositores vanguardistas del siglo XX como Brian Eno, Phillip Glass, John Cage y, sobre todo, Steve Reich. Su mítica obra “Music For 18 Musicians” resuena entre los cimientos de este vasto edificio que Weber ha construido a base de carrillón y techno manso y sedoso. “Elements Of Light” es otra obra destinada a la escucha de principio a fin: consta de cinco piezas que en realidad bien podría ser una y, aunque no desprovista de pequeños grandes momentos, en conjunto no logra escapar de la extenuación que arrastra desde su premisa inicial: apostar tan fuerte por un sonido que, si anteriormente servía de exquisito condimento, ahora es el ingrediente principal del primer plato, segundo plato y postre.

Esta es, sin duda, una opinión totalmente subjetiva. Es de agradecer que determinados artistas se atrevan a mover las fronteras de la electrónica hacia terrenos menos explorados, y “Elements Of Light” tiene pinta de funcionar mejor en la inmediatez del escenario, donde la impresionante sonoridad y puesta en escena que logran las percusiones del ensemble noruego junto a la sensibilidad de Pantha Du Prince al poder de la máquina se exhiban en su máximo esplendor. Pero, qué queréis que os diga, a mí personalmente todo esto me produce un empacho y ardor de estómago que me distrae del disfrute que tan suculento banquete sonoro debería provocar. Una confesión: tras varias escuchas durante los últimos días, he vuelto a ponerme el disco para escribir esta reseña y no he podido evitar pensar un “¡las campanas otra vez no, por Dios!”. Y este tipo de respuestas viscerales, a la hora de la verdad, son las que realmente cuentan.

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