Patrick Wolf no es un tipo de gustos sencillos. Ni un joven humilde. Y es algo que él nunca se ha molestado en esconder o maquillar (y eso que a Wolf lo de maquillarse le mola un rato). Desde sus inicios como enfant terrible del pop hiperbólico, cuando deleitara al mundo con el precoz “Lycantrophy” (Tomlab, 2003), y a lo largo de sus ya cinco discos y vaivenes colaterales (que si dejo la música, que si me agreden por ser gay, que si me marcho de Inglaterra porque soy un incomprendido…), ha dejado claro el gran genio que es, la estrella que se siente y lo claro que tiene el querer ser reconocido como tal por propios y extraños. Y es que las mayores virtudes de Patrick Wolf hasta el momento siempre han sido, al mismo tiempo, sus peores aliados. A saber: su talento y su juventud. Obviamente, cabe pensar por dónde nos daría a nosotros si tuviéramos una miserable parte del genio que en él abunda. Sin superar siquiera la veintena, puede presumir de haberse creado un universo propio, reconocible y, con sus más y sus menos, totalmente admirable. Antes de que a Florence le diera por soltar sus gorgoritos y abogar por el pop pastoral con orquesta, Patrick ya paseaba de la mano de los elfos y las hadas del bosque y les ponía banda sonora a sus orgías.

Pero ese afán de gustar, de ser, de conseguir, es el que hace que, desde “The Magic Position” (Universal, 2007), vaya dando tumbos, buscando el éxito comercial definitivo. Con aquel disco consiguió limar su imbricada artesanía musical y pulirla hasta conseguir un trabajo accesible que le dejaría canciones para el resto de su vida. La euforia y el sentirse fuerte le hicieron atreverse con “The Bachelor” (Bloody Chamber Music, 2009), su álbum más personal y posiblemente su mayor fracaso: demasiado denso, demasiado triste, con más amargura que luz en el que los preciosistas arreglos de cuerdas y su profunda voz quedaban al servicio de unas canciones que contrastaban demasiado con sus predecesoras. Su continuación debía de ser “The Choncheror“, pero la situación personal del artista, más dulce y precisa, le ha llevado a pasar por alto este paso y regalarnos “Lupercalia” (Universal, 2011), un disco enteramente dedicado al amor (el suyo por su novio de toda la vida con el que se casará -esperemos que felizmente- este mismo año). Aquí no hay trampa, sólo el Lobo enamorado hasta las trancas. Por eso recupera felizmente los motivos animales y le dedica el trabajo a una fiesta romana parecida a San Valentín. Paganismo amoroso y lozanía enamorada.

Lupercalia” se abre con “The City“: una exultante oda a ese amor del que tanto presumirá a lo largo de las canciones de este trabajo. Es, como no podía ser de otra manera, barroca y expansiva. Wolf se erige como artista pop total e incluso se permite el lujo de meter un saxo, que este año es el complemento obligado en todas las canciones, porque sí, porque él lo vale, y eso es así. A “The City” le sigue “House“, en la misma línea de euforia incontrolada, en la que los arreglos de cuerda adquieren un protagonismo casi esquizofrénico y se acompañan de percusiones y sintes brillantes como un día de verano, y que recuerda la magia y la alegría incontenida con que nos contagió hace años con “The Magic Position“: “That I love that here you live with me / Gives me the greatest peace I’ve ever known / Cause I’ve been too long a lonely man /Yes I’ve been too long a rolling stone”. Más claro, agua: el lobo que ha sido domado. Junto a estas dos canciones, “Time Of My Life” es la otra joya de la Corona, susceptible de ser banda sonora de un anuncio de compresas o, peor, de una compañía telefónica. Con estas premisas y tanta oda hipervitaminada al amor, cualquiera se puede preguntar: ¿subirán mis niveles de azúcar mientras escucho este disco? Y la respuesta, sintiéndolo mucho, es sí. Cierto es que no todo el pulso es tan de caballería como las tres canciones antes citadas. Si algo ha dejado claro Wolf a lo largo de su carrera, es que sabe como bajar revoluciones y ponerse en plan drama queen él, y ponernos tontorrones al resto: ahí está la preciosa “The Days“, con una melodía de violín adornada con un dulcísimo punteo de arpa que recuerda a sus desnudos inicios, la contenida “Armistice” con colaboración de su hermana en un coro que parece perderse entre las montañas o la campestres “Bermondsey Street“… Todas parecen inspirarse en esa fiesta pagana sobre el amor y otros menesteres que da título al disco. “The Falcons” es la rúbrica juguetona en clave de danza atemporal a este peculiar viaje al fondo del corazón de Patrick Wolf. Un periplo soleado que se antoja calma después de aquella tempestad que supuso “The Bachelor“.

A unos les parecerá demasiado softy; otros pueden pensar que Wolf se ha ido deshinchando a lo largo del camino y que las ansias de gustar han acabado ahogando un talento que estaba destinado a algo más elevado o elitista. Otros le augurarán un futuro prometedor, plagado de ese éxito que tanto requiere y por el que lleva años peleando. Patrick Wolf, como siempre, dividiendo y dando que hablar. Seguro que si se entera, estará de lo más encantado.

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