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El café Piazza D’Oro y Plateselector nos invitan a una cata y una comida en la que aprendimos una cosa: el café no es uno… sino que son muchos y ricos todos.

 

No es la primera vez que en Fantastic Plastic Mag hablamos de la nueva y (nunca mejor dicho) burbujeante cultura del café, tal y como certifican recientes Fantastic Spots como los de Satan’s Coffee Corner, Skye Coffee co. o Cøffee. En muchos de estos textos, yo mismo he sido el que ha puesto sobre la mesa una y otra vez el eterno oxímoron de la cultura cafetera española: desde fuera existe la percepción de que somos un país que consume mucho café… Pero, desde dentro, hay que sucumbir a la certeza de que, lamentablemente, somos un país que consume mucho café malo. Ya sea porque muchos no están dispuestos a pagar más de un euro por su brebaje diario o por puro desconocimiento, la verdad es que el imperativo aquí es el café de carga requemado con la leche hirviendo matando cualquier tipo de matices en el sabor.

Y la verdad es que mola que en una ciudad como Barcelona vayan abriendo establecimientos especializados como los mencionados en el primer párrafo, pero vuelvo a otra cosa que tampoco me canso de repetir: es triste pensar que esta nueva cultura del café está creciendo a un ritmo mucho más lento del que algunos desearíamos. Por eso mismo resultan de vital importancia saraos tan interesantes como el que la marca de café Piazza D’Oro montó junto a los gastronomistas de pro Plateselector en el mesón que estos últimos tienen en plena Barceloneta. La idea era convocar a trece personas de diferentes medios (algunos de tendencias, otros de gastronomía, algunos blogs) para ofrecer no sólo una cata de café Piazza D’Oro, sino también toda una comilona en la que los platos tuvieran como base o como excusa el preciado oro negro.

Todo arrancó con una cata que sorprendió a algunos de los asistentes: delante de cada comensal no sólo había tres copas de vino, sino que bajo cada copa había una pequeña cuchara de degustación con ingredientes tan variados como el jengibre o los frutos rojos. La idea era que nuestra guía para la velada, la barista Elisabet Sereno, fuera vertiendo en cada copa un café de procedencia distinta (todos ellos preparados con técnica de filtro) y que nosotros intentáramos no sólo apreciar las diferencias entre los diferentes tragos, sino que también observáramos cómo interactuaban estos con los ingredientes elegidos. La experiencia dejaba al descubierto una cosa muy interesante: que no existe “un único café”, sino que cada café es distinto. Si hemos desarrollado un paladar lo suficientemente avanzado como para diferenciar diferentes vinos, ¿por qué no hacer lo mismo con el café? De hecho, obligarse a algo así sólo puede añadir placer a tu vida. He dicho.

Y por si esta cata no hubiera sido suficientemente reveladora, a continuación pudimos meternos entre pecho y espalda un menú ideado por el gran Johann Wald, quien volvió a clavarla por completo no sólo con unos entrantes que abrieron el apetito, sino sobre todo con dos platos principales que jugaban al mismo juego de Elisabet Sereno: obligar al paladar de los comensales a descubrir nuevos registros cafeteros en nuestra lengua, en nuestra boca, en nuestro estómago. Tanto el jugoso estofado de alubias pintas con dosis de cacao como las impactantes mollejas napadas en una infusión de Dolce Blend de Piazza D’Oro (una receta que para la que el chef Wald buscó inspiración en el maestro Pierre Gagnaire) demostraron que el café puede utilizarse en la cocina más allá de la base del eterno tiramisú.

Pero flotando sobre todos nosotros quedó la pregunta final: ¿y qué hemos aprendido de esta cata de café Piazza D’Oro? Supongo que cada uno sacaría sus propias conclusiones… La mía es muy sencilla: hacen falta más eventos como estos para que, por ejemplo, los trece comensales que compartimos esta experiencia funcionemos a modo de pacientes cero de una pandemia cafetera (de buen café, por favor) que se extienda de forma infecciosa. Si poco a poco siguen abriéndose locales con buen café y, además, seguimos culturizándonos (y culturizando a los que tenemos más cerca), eso significa que habrá esperanza. Así que ya sabes: la próxima vez que vayas a tomar un café, no te conformes con un mal café.

 

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