El 21 de septiembre de 2011 pasará a los anales de historia de la música como la fecha en que se produjo el anuncio oficial de la disolución de R.E.M. Un segundo después de que se conociese la pésima noticia, el globo terráqueo (físico y virtual) se vio sacudido por un torrente de sentimientos encontrados que reflejaban profunda pena (la de los fans más fieles), escasa sorpresa (por parte de aquellos que intuían la ruptura desde hacía algún tiempo) y alegría (surgida de los detractores que consideraban que los norteamericanos tenían que haberlo dejado al acabar la década de los 90). Ese cóctel de sensaciones se reproduce de forma arquetípica cada vez que una gran banda (considerada así por fama global o méritos contraídos) decide finalizar su carrera profesional en común. Pero, en el caso de los de Athens, la tristeza fue relativamente mayor debido a la importancia, el peso y la influencia de su legado, magnificado por el hecho de que supo resistir el embate de corrientes estilísticas coyunturales (el electro-pop, el grunge o el brit-pop) y la pujanza de conjuntos más jóvenes y, por tanto, con mayor nervio y motivación.

Permanentemente relacionados con esa etiqueta que se dio en denominar ‘college rock’ (por eso de que poseían el mejor material que escupían con orgullo las emisoras de radio universitarias estadounidenses), R.E.M. intentaron, con más o menos fortuna, superar esos límites: primero, a través del brío del incipiente indie-pop que germinaba tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos a principios de los 80; luego, según los cánones del pop rocoso (sin llegar a incluir el prefijo ‘power’) alimentado por la electricidad del rock; posteriormente, mediante un pop pulcro y refinado de melodías memorables y estética variada; y, por último, cosiendo todo esos retales con el fin de confeccionar el salvavidas con el que sobrevivir en los tiempos de flaqueza creativa, esos mismos en los que se encontraba el grupo cuando planteó “Accelerate” (Warner, 2008) y el aún caliente “Collapse Into Now” (Warner, 2011) como gritos de dignidad que plasmasen su deseo de recuperar la inspiración de antaño. Sin embargo, y a pesar de que ambos intentos obtuvieron un resultado más positivo de lo esperado, era demasiado tarde: la crónica de su muerte artística ya estaba escrita de antemano, como si el premonitorio título de su último disco hubiera materializado una desgraciada maniobra del destino, pues poco después de su publicación llegaría el fatal desenlace de su cuento de hadas.

Asimilada la mala nueva, los rumores en torno a los siguientes pasos de Michael Stipe, Peter Buck y Mike Mills no se centraron en descubrir cuál sería su futuro más próximo, sino en elucubrar cuánto tardarían en volver a la palestra con la correspondiente gira mundial de retorno (y sus posibles pingües beneficios económicos) y cuánto habría que esperar a que viese la luz el pertinente recopilatorio póstumo. Sobre lo primero, todo se quedó en meras habladurías de verdulera; sobre lo segundo, Warner tardó sólo tres semanas en lanzar al mercado este “Part Lies, Part Heart, Part Truth, Part Garbage 1982-2011” (Warner, 2011): un doble álbum que recoge por orden cronológico lo más destacado de la discografía de la banda producido bajo el auspicio de dicha compañía y parido en su anterior etapa en el sello I.R.S. La razón original de que se publicase (con una parte de nocturnidad y otra de alevosía) esta compilación tiene que ver con que R.E.M. debían zanjar la relación contractual que les unía a su casa de acogida, pero enseguida circularon otra clase de explicaciones conectadas con el interés monetario puro y duro y el aprovechamiento del revuelo mediático provocado por la situación.

Fuese como fuese, se recomienda observar “Part Lies, Part Heart, Part Truth, Part Garbage 1982-2011” como un perfecto epílogo a los más de treinta años de una trayectoria que, como bien reza el encabezamiento, se fue moviendo entre mentiras, verdades, emoción y… basura. Todo un acto de sinceridad por parte de Stipe y sus dos secuaces que habla a las claras de los vaivenes de un viaje que los llevó a la cima con parsimonia y firmeza y los bajó de ella rápidamente y con cierta crueldad. En la fase inicial de esa travesía, la que va del EP “Chronic Town” (I.R.S., 1982) a “Green” (Warner, 1988), R.E.M. se postularon poco a poco, dentro del universo alternativo, como la baza más sólida con la que hacer frente a la amenaza musical procedente del otro lado del Atlántico: U2. En ese período florecieron “Radio Free Europe” y su frescura indie-new wave, que actuó como escudo contra la invasión de los románticos ochenteros; la eficaz “Fall On Me”, antesala de lo que vendría más adelante; la contagiosa “It’s The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine)”, de rabiosa actualidad; la potente “The One I Love”; la animosa (y sorprendente en aquel momento) “Stand”, más conocida años después por ser la cabecera de la genial serie “Búscate La Vida”; y, por supuesto, “Orange Crush”, punto de inflexión en el devenir de la banda.

A partir de aquí el relato es de sobra conocido, empezando por la conquista de la audiencia y los mercados masivos gracias a “Out Of Time” (Warner, 1991) y, sobre todo, “Automatic For The People” (Warner, 1992). El arranque de una nueva década suele traer consigo grandes logros, y R.E.M. siguieron a pies juntillas tal sentencia facturando varios de sus himnos: “Losing My Religion”, “Shiny Happy People”, “Everybody Hurts” (según dicen, la canción que más fácilmente abre el lacrimal del sexo masculino) y “Man On The Moon”. Sobran las palabras. Pero, al igual que ocurre con las estrellas supernova, cuando estas alcanzan su punto de máximo brillo, inician el proceso de su apagado definitivo: tras los días de vino y rosas, de repente, los de Athens olvidaron la fórmula mágica de su éxito y, entre discos infravalorados (“New Adventures In Hi-Fi”; Warner, 1996), poco convincentes (“Reveal”; Warner, 2001) y repudiados (“Around The Sun”; Warner, 2004), R.E.M. se estaban convirtiendo en una fábrica de singles resultones (“Imitation Of Life” fue el mejor ejemplo: un tema que ya no sería igualado jamás por sus autores) y no de discos consistentes. Así, la decadencia esperaba a la vuelta de la esquina y, como ya se mencionó más arriba, los esfuerzos por esquivarla se realizaron en vano.

Ni siquiera la inclusión de tres temas inéditos (“Hallelujah“, “A Month Of Saturdays” y “We All Go Back To Where We Belong”), rescatados de las sesiones de grabación de “Collapse Into Now”, compensa la honda amargura que deja tras de sí la revisión de la intrahistoria de “Part Lies, Part Heart, Part Truth, Part Garbage 1982-2011”, un compendio que no añade ninguna novedad a la leyenda de R.E.M. pero que se presenta como una completa hagiografía sonora (aunque se echan de menos algunos temas, como “E-Bow The Letter” o “Mine Smell Like Honey”) y un digno testamento del grupo. Ante todo, una vez más, nuestros respetos hacia Stipe, Buck y Mills.

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