El canadiense Ron Sexsmith vive desde el comienzo de su carrera (en los albores de los 90) hasta el día de hoy con la afilada espada de Damocles de las comparaciones sobre su cabeza. Al principio, cuando se reveló como uno de los nombres a tener en cuenta dentro del proceso renovador del folk-pop / country-rock en la transición del siglo XX al XXI, se le etiquetó como el eslabón perdido entre Nick Lowe (el compositor de “Cruel To Be Kind”, single pegadizo que el triunfito Naim Thomas masacró hace unas temporadas) y Elvis Costello, como la pieza que faltaba en el engranaje que unía a John Hiatt con Lloyd Cole. El problema residía en que aún le faltaba el rodaje suficiente para acercarse en algún momento de su carrera a esas leyendas y, al tiempo, corría uno de los mayores peligros de todo músico o artista: que su relación con tantas referencias provoque que se diluya como un azucarillo entre ellas y pierda toda su personalidad. Consciente de ello o no, la tabla de salvación de Sexsmith llegó con su obra más lograda, “Retriever” (Nettwerk, 2004), alabado incluso por aquellos que desconfiaban de su capacidad para sacudirse sus influencias. A partir de ese disco, y siguiendo con la ruleta de nombres, parecía que el de Ontario iba a asentarse en una posición privilegiada en el interior del universo del pop de autor por encima de las cabezas de coetáneos como Josh Rouse, Josh Ritter o John Vanderslice. Sin embargo, el paso de los años y de los álbumes dijo otra cosa diferente: que sus compañeros de generación y, claro, sus admirados héroes de siempre (aún en activo) lo estaban adelantando sin esfuerzo.

Ese lento descenso hizo creer que Ron Sexsmith había conseguido en “Retriever” tocar la tecla adecuada empujado por un intenso arrebato de inspiración, cuando no por los efectos positivos de la casualidad. Así que se puede afirmar que este “Long Player Late Bloomer” (Cooking Vinyl / PIAS Spain, 2011) representa una buena piedra de toque para palpar si el querido Ron recondujo su irregular trayectoria del último lustro. Aunque las conclusiones siempre hay que dejarlas para el final, en este caso no está de más adelantarlas: el canadiense intentó dar un giro hacia las virtudes de “Retriever”, pero en el camino se dejó parte de su nervio y frescura. O lo que es lo mismo: se ablandó más de la cuenta, dulcificó sus composiciones hasta acercarse a la neutralidad y sosería del AOR norteamericano que invade las radiofórmulas para adultos nostálgicos. Cierto es que a varios de los mentados anteriormente les ocurrió algo similar, si no que se lo digan al propio Elvis Costello… Añadamos más analogías: en “Long Player Late Bloomer”, Sexsmith coquetea con el sonido del Paul McCartney actual (“Believe It When I See It” y “Michael And His Dad”) y de los Crowded House más sensibleros (“Miracles”). Con todo, no hay que interpretar este acercamiento a dinosaurios del pop universal como un error fatal. De hecho, la primera sensación que aflora tras revisar este disco en su conjunto es que se escucha con agrado y funciona a la perfección si se desea construir un elegante marco sonoro de fondo.

Lo más curioso del asunto es que el productor de este mazapán musical, Bob Rock, procede del mundo del rock duro, dato que confirma su valía en la pecera del estudio de grabación al adaptarse perfectamente a las intenciones edulcoradas de Sexsmith. Los mejores ejemplos de ello son la orquestal “No Help At All” (clásica a rabiar gracias a sus arreglos de viento y cuerda y unos tímidos coros finales), “Every Time I Follow” y “Nowadays” (ambas de carácter reposado e intimista). Pero no todo es algodón de azúcar en este LP, ya que también hay hueco para momentos eléctricos (aunque igualmente amables): “Middle Of Love” y “Eye Candy” recuerdan que la huella de los Wilco de “Summerteeth” (Warner, 1999) sigue siendo profunda. Por otro lado, Sexsmith no se olvida de aplicar cierto aire sureño al repertorio, aunque sólo lo hace en un corte (“Heavenly”), puesto que prefiere mostrar “Long Player Late Bloomer” como un catálogo de pop pulcro y aseado (“Get In Line”, “The Reason Why”, “Love Shines”).

Ahí está la clave de este álbum: limpieza en la máxima extensión de la palabra, a la que se suma una suavidad en el desarrollo de las canciones elevada al paroxismo. El oyente no va a discurrir por ningún laberinto sonoro ni se va a topar con elementos sorprendentes. Habrá quien tome esa ausencia de sorpresas como sinónimo de aburrimiento… No se llega a ese extremo, pero podemos dar por sentado que el undécimo trabajo de Ron Sexsmith no va a cambiar la vida del que lo escuche (ni la del canadiense). Nos tememos que tendrá que seguir luchando para que la espada de Damocles de las eternas comparaciones no corte por la mitad su inmaculada hoja de servicios.

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