El combinado de lisérgica inmadurez y atropello en el que crecen los nuevos héroes del pop subterráneo está comenzando a cambiar la métrica sonora, a adorar la vergüenza y a rendirnos en un no-va-más ante los sonidos ruidosos y molestos que se cuelan como un bonito parapeto crepuscular detrás de melodías herederas de la época dorada del pop global. Si Sic Alps hubieran editado este “Napa Asylum” (Drag City / PopStock!, 2011) en la misma época en la que The Velvet Underground comenzaban a sonar descoordinadamente feroces en EPs como “White Light / White Heat (Verve, 1968), otro gallo cantaría. La realidad es que, a día de hoy, esta nueva ola de desorden, bajos instintos, sonidos atropellados, confesiones en urinarios y rendición tóxica ante los sonidos más absurdos se tiene que conformar con que la identifiquemos como una normal evolución retrófila tanto de los 60 como de los 90; y se reparte, principalmente, entre dos sedes: Brooklyn y San Francisco. Sic Alps son de la vertiente más hippie (la de San Francisco): aquella heredera de las revueltas diggers, los coletazos de los primeros festivales, del recuerdo del ácido, de los campos febriles y de la misma zona donde también tienen su base de operaciones compañeros de equipaje como Eat Skull, Ty Segall, The Oh Sees o Sun Araw, entre otros. Por eso quizá se entienda un poco que, en el caso del trío californiano, esa tensión casi de arrabales que implosiona diversas vertientes de garaje, de pop de baja fidelidad, de herencia de pop arty, de punk limpio y de noise noventero se hace carne en su disco más ambicioso y belicoso hasta la fecha: “Napa Asylum“.

El cuarto disco de los californianos llega envuelto de cierta expectación (a niveles underground, claro) y con el género que practican consolidándose como la nueva tendencia sónica entre bandas jóvenes: el lo-fi. Ellos, ya experimentados chatarreros y, sobre todo en el caso de Mike Donovan y Matt Harman, pilares de la banda y dos de los músicos de su género (y generación) más vitoreados y buscados a la hora de citar referencias básicas del sonido de moda, han preferido ir acumulando material durante estos casi tres años de espera tras “U.S. Ez” (Siltbreeze, 2008), a pesar de que dejaran verse el pelo en el split compartido con Magik Markers y de editar el mismo año el single “L Mansion” (Slumberland, 2009). Con “Napa Asylum” vuelve el caos en toda regla: veintidós canciones que atosigan al género con una mezcla de acercamiento al ruido como pantalla, al sonido incubado y taponado y, en definitiva, a evitar la formalidad no sólo en cuanto a sonido de grabación, sino variando el método tradicional y perfeccionista de creación. Allí nos encontramos, sí, con algunas canciones más accesibles, codeándose no sólo con el recuerdo a la Velvet del mencionado EP o de su disco homónimo, “The Velvet Underground” (UMG Recordings, 1969); sino también al Beck de producciones más mutantes como “Mellow Gold” (Geffen Records, 1994) en piezas como “Jolly“, “Do You Want to Give $$?“, “Ball of Fame” o “Zeppo Epp“, cuatro de los tracks más destacados de las más de veinte que componen esta cuarta placa. Aún así, son canciones como “Trip Train“, “Eat Happy” (el mejor estribillo del disco) o “Turtle Soup” las que unen las formas de un lado y otro, acercando a la banda a una deformación de géneros que los aúpa como una de las agrupaciones que mejores combinaciones sónicas consiguen obtener dentro del sonido de baja fidelidad.

Paralelamente al grueso de los cortes, hay sitio para experimentos tanto de ruidismo bucólico como “My My Lai“, “Wasted Church” o la impepinablemente pieza más punky y bailable, “The First White Man to Touch California Soil“; como para confesiones de yonki que parecen recitar a modo de spoken word acústica bajas pasiones como sucede en “Low Kid“, “Country Medicine” (espectacular) o “Super Max Lament On the Way“. Aún así, es en “Cement Surfboard“, “Meter Man” y “Occult Display” donde muestran su cara más razonable y en la que se desenvuelven con más facilidad sin forzar perspectivas más oscuras, líquidas y experimentales: ruido, rock and roll sesentero y análisis posterior de sus ejercicios de auto-vergüenza. Una pega: las veintidós canciones acaban siendo un ejercicio extremadamente denso que, de haberse repartido en dos discos más “temáticos” y fáciles de digerir, habría sido logro a aplaudir y no a aguantar (hay franjas del disco que se hacen muy pesadas y homogéneas sin posibilidad de disfrutar del todo la escucha de una vez). Así y todo, quien dijera que el lo-fi no es un género excesivo, que se ponga al servicio de este ejercicio de autoflagelación polivinílica. Difícil creer que Sic Alps no formen parte de la recientemente editada cinta de cassette “Museums” (Comfortable on a Tightrope, 2010): auténtica compilación del lo-fi, el pop en modo eco y el ruido minimalista hecho canción. Ellos se lo pierden.

[Alan Queipo]

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