Darwin es probablemente lo primero que viene a la cabeza cuando te topas con cualquier página de “Smart Monkey” (o puede que esto ocurra porque ya se anuncia esta relación desde la contraportada del tomo). Desde las primeras viñetas, el cómic de Winshluss se embarca en un toma y daca de aquellos que saben a infinito entre dos fuerzas: la inteligencia débil en músculo pero dotada en cerebro (personificada en la triste figura de un mono esmirriado de mirada elocuente) y la brutalidad en todos los sentidos, desde el físico al intelectual (que, en esta ocasión, se muestra polimórfica y bien puede encarnarse en un dientes de sable, del orangután alpha o de las inclemencias de un volcán). No es difícil vislumbrar en el continuo triunfo de este mono listo una especie de puesta al día de las teorías evolucionistas por la vía de una post-modernidad que no sólo opta por quitarle hierro a la teoría y la filosofía, sino que consigue que se desprenda este sentir más “elevado” de la forma más sencilla: a través de un conjunto de gags cercanos al screwball que no piden mayor esfuerzo que el que cuesta una buena risotada.

Pero no sólo de Darwin vive Winshluss… En ese gusto por el gag inmediato, por el equivalente primitivo al tartazo imprevisto y el resbalón con la piel de plátano, es donde “Smart Monkey” (publicado en nuestro país de la mano de La Cúpula) se emparenta con otras dos grandes referencias ante las que parece proponer un término medio. La primera y más evidente sería la amplia tradición que la factoría Looney Tunes llevó hasta sus límites con parejas desquiciadas como el Correcaminos y el Coyote, Tom y Jerry o el mismo Bugs Bunny y Elmer: una estirpe de personajes en el que, más que una filosofía darwiniana, había una simple voluntad de provocar la carcajada en base a la repetición de un mismo esquema que no por conocido era menos impactante en el espectador. En el otro lado del cuadrilátero, hay que admirar al “Krazy Kat” de George Herriman, uno de los exponentes más refinados de la historia del cómic adicto al gag como algo más que un gag. Este segundo caso, sin embargo, siempre se ha tendido a sobre-analizar desde un punto de vista muchísimo más elevado y distinguido, como un extraño caso de existencialismo contenido entre las cuatro paredes de una viñeta.

Finalmente, y por mucho que “Smart Monkey” tiende lazos hacia ambas referencias esforzándose en mantener un distancia equidistante al respecto de cada una, acaba por tirar más hacia el pesimismo existencial de Herriman e incluso se permite la licencia festiva de proponer una versión potenciada exponencialmente. No es de extrañar, teniendo en cuenta ese “Pinocchio” del mismo autor que llegaría después para sublimar ese pesimismo con una carcasa de arrebatadora belleza visual… En el caso que nos ocupa, sin embargo, bastan cuatro viñetas en un giro de guión que no revelaremos en estas líneas (ampliado con un epílogo entre cachondo y desasogeante) para que el triunfo de la inteligencia sobre la violencia bruta se troque en nausea vital y en choque imposible contra el final de un callejón sin salida que, en un momento de optimismo vacuo, concebimos como un pasillo perfecto para una huída. No lo era. Era la boca del lobo… Y contra eso, no hay inteligencia que valga.

[Raül De Tena]

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