Donde hay confianza, ya se sabe, da asco. Es como cuando andabas con la pandilla del instituto: ibas acortando cada vez más los nombres de la gente porque pronunciar demasiadas letras comenzaba a resultar demasiado esfuerzo y acababas por tener conversaciones enteras formadas por las infinitas combinaciones de monosílabos, “joder” y “tío”. Pues a la pandilla de Tim, Johnny, Helena, Danny y demás les ha pasado lo mismo sólo que, en vez de quedar para ir al mismo bar de siempre porque no hay otro plan, han quedado para hacer la misma película de siempre porque no hay otro plan. Y así les ha salido el artilugio: vago, perezoso, absolutamente inútil. Pura inercia.

Bien, recapitulemos: “Sombras Tenebrosas” es la adaptación de una telenovela gótica (conceptazo, oigan) que, por lo visto, se emitió en la ABC entre 1966 y 1971 y que nos planta a finales del siglo XVIII, cuando los adinerados Collins intentan deshacerse de la maldición familiar trasladándose de Liverpool a Maine. No lo consiguen, claro, y Barnabas (Depp) acaba convertido en vampiro y enterrado vivo, hasta que dos siglos después consigue salir de su tumba, en plenos años 70. Y a partir de aquí, tres únicas armas con las que rellenar todo el metraje: chistes sobre lo duro que es ser un vampiro en el mundo actual (sin gracia), tira y afloja con carga de tensión sexual entre protagonista y malvada (sin gracia) e historia de amor trágica y supuestamente muy romántica (efectivamente, sin gracia).

Incluso en sus momentos más mediocres (pongamos, por ejemplo, “Alicia en el País de las Maravillas“, que nos queda más a mano), Burton se las había apañado para al menos compensarnos soltando un par de destellos de genio, regalándonos alguna escena, algún plano visualmente brillante que sirviera como palmadita en la espalda para que nos fuéramos a casa un poco más contentos, sin tanta sensación de haber tirado a la basura los siete euros. El problema (y esto ya empieza a ser serio) es que aquí ni siquiera nos da eso. Aquí, el tío vago se limita a enseñarnos lo mismo de siempre con menos gracia que nunca y parece que lo único que se le ha ocurrido para tenernos entretenidos es enseñarnos mucho las mamellas de Eva Green, travestida para la ocasión de una Lisa Marie 2.0. Y no digo que no estén muy bien, pero algo más sí que cabía esperar, digo yo. Porque, qué carajo: nos aburrimos, nos aburrimos mucho, casi tanto como esa Michelle Pfeiffer que se pasa toda la película con cara de a qué hora se cena aquí. Y si Michelle no se lo pasa bien (y mira que esta era su oportunidad de hacerse un Jessica Lange y desatarse a lo loco), qué vamos a hacer nosotros.

No todo es desastroso en “Sombras Tenebrosas“, es verdad: es un acierto, por ejemplo, haber mantenido el presente en los 70, creando una especie de doble película de época donde el contraste entre ambos períodos da bastante de sí, a pesar de una selección de canciones, de nuevo, escandalosamente perezosa. Y funciona también, creo yo, esa Chloë Grace Moretz en modo Lolita, quizá la única salida de tono mínimamente llamativa del film. Pero es que eso no compensa una falta de chispa alarmante (el polvo entre Green y Depp es probablemente lo peor que haya filmado Burton en su vida) ni unos bandazos narrativos que ni se entienden ni se justifican (Tim le debe mucho a quien le chivó veinte minutos antes del final que aquí al principio había una historia de amor muy trágica y tal que iba a ser muy importante; si no, se le olvida).

En fin, que si algo positivo consigue “Sombras Tenebrosas” es interesarte por el original, hacerte indagar sobre él y plantearte que debió de ser ciertamente una cosa digna de ver: un serial de tarde para amas de casa que a los seis meses empieza a meter en la trama vampiros, hombres lobo, zombis y universos paralelos. No me digáis que no hay que ser fan. Pero en cuanto a la película en sí, no le demos más vueltas, porque sus propios creadores y protagonistas desde luego que no se las han dado. Da la sensación de que se reunieron, la escribieron en dos tardes, la rodaron en tres y venga, vámonos, que tengo un montón de plancha en casa. El resultado es como un pedo que se te escapa y que ni te molestas en disimular porque llevas treinta años de matrimonio: te sale natural, pero hombre, te lo podías haber ahorrado perfectamente.

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