Nuestra crónica del sábado 20 de junio en el Sónar 2015 llega a una conclusión: no sabemos si ha sido el mejor Sónar, pero nos lo hemos pasado como nunca.

 

Llevo dos días aplazando el momento: tanto en nuestra crónica del jueves del Sónar 2015 (aquí) como en la del viernes (aquí), eludí mis responsabilidades periodísticas alegando causas diversas… Pero ya es el momento de poner los datos sobre la mesa. En cuanto a asistencia, esta edición del festival de música avanzada de Barcelona ha contado con un total de 118.473 visitantes, de entre los cuales hay que separar 48.597 espectadores en Sónar de Día y 69.876 en Sónar de Noche. ¿En qué se ha traducido esto en los días que han ido del 18 al 20 de junio? Prácticamente en nada: los dos recintos del Sónar han alcanzado un punto de optimización absoluta, con inteligentes mejoras como el cambio de lugar de escenario SonarDôme en el Sónar de Día (con más espacio para público y con menos efecto invernadero) o la ampliación sublime del Sónar +D en un fascinante espacio multi-niveles enlazados por pasillos colgantes.

Claro que había colas, pero en contadísimos casos estas llegaban a molestar más allá de lo comprensible en un evento de tales dimensiones. De hecho, uno de los grandes triunfos de este Sónar 2015 ha sido el método de pago cashless a través de un chip implementado en la pulsera de acreditación que no sólo aceleraba las colas en las barras, sino que al visitante le hacia ganar en comodidad y calidad de vida, por eso de que te permitía (y te obligaba) a llevar un control sobre la cantidad de dinero que te quedaba para gastar en bebidas y comida. Esto, señores y señoras, es Sónar style: mientras que en los últimos años muchos son los festivales y eventos que han intentando jugadas similares, finalmente ha sido el Sónar el que ha conseguido implementar un sistema cashless realmente eficaz y ni han fardado de ello ni le han dado mayor trascendencia.

Al fin y al cabo, tras tres días de intensa actividad, el Sónar da carpetazo a una edición que debería pasar a la historia como aquella en la que el evento dejó de ser (solo) el festival de música electrónica que todos conocemos y pasó a ser algo totalmente nuevo, diferente y desafiante. Ya se veía venir: a todos los que siempre me han preguntado por qué me gusta tanto el Sónar, suelo responderles que es porque es el único festival en el que realmente vivo algo diferente. Sus programadores no se limitan a poner a artistas sobre un escenario para que se limiten a hacer lo de siempre, que es tocar cuatro canciones y adiós muy buenas. No. El Sónar se ha ido especializando en hacer encaje de bolillos a la hora de configurar una programación que quiebra por completo la espina dorsal del concepto clásico de “actuación”: lo interesante en este festival es correr de un lado para otro a dejarte sorprender con las propuestas a medio camino entre el arte, los audiovisuales y, claro, la música. A ese respecto, el Sónar es un festival realmente único que pide un mínimo de implicación del asistente: si quieres, esta puede ser la fiestaca de tu vida, pero a poco que te dejes llevar también puede ser mucho más, puede ser un vistazo al futuro de la música como experiencia inmersiva y no como recepción pasiva de un proceso unidireccional.

Pero, bueno, no me enrollo más. Podría montarme aquí y ahora una película maravillosa, ponderar la calidad (inmensa) de la programación de este año, lo óptimo del recinto, el buen rollo por doquier… Podría hacer todo eso para decir que esta ha sido una de las mejores ediciones de la historia del Sónar. Pero con este festival pasa una cosa: no te lo pone fácil a la hora de ser objetivo. Así que otra cosa os digo: no sé si ha sido el “mejor” Sónar de la historia, pero lo que sí que puedo aseguraros es que yo me he divertido como nunca. Y, la verdad, visto el panorama de aburrimiento generalizado en el que se está encallando la escena festivalera, esto sólo pueden ser buenas noticias. [Raül De Tena]

 

SÓNAR DE DÍA

RGB|CMY KINETIC. Como una especie de oasis de tranquilidad y delicadeza, RGB|CMY Kinetic es una de esas experiencias poco frecuentes en festivales musicales y que hace del Sónar un evento especial. El estudio alemán ART+COM pone la tecnología de esta instalación para la que Ólafur Arnalds ha compuesto una pieza neoclásica de piano y cuerda. Su descripción con palabras es complicada como buena instalación audiovisual y cinética que se precie. Cinco discos reflectantes suspendidos en el aire se mueven delicadamente reflejando sobre el suelo los colores primarios (Cyan, Magenta, Yellow) y aditivos (Red, Green, Blue). Esto se podría quedar tan sólo en un interesante juego de luces y movimiento, pero se convierte en una hermosa y cálida experiencia gracias a la composición musical de Arnalds, que le inyecta un alto grado de emotividad y ensueño. Como si de una coreografía se tratara, los discos -y por tanto los haces de luz que reflejan- danzan en sintonía con la melodía. Se acercan y alejan unos de otros, se juntan o separan, suben y bajan o se reflejan entre sí. Al final, bien pensado, no son otra cosa que un reflejo de lo que también nos pasa a todos nosotros por el camino… Quien siga pensando que la tecnología solo puede ser fría, que vuelva al siglo al que pertenezca. [Jose M. Collado]

MIKA VAINIO. A estas alturas, cuando uno se abre paso hasta llegar a la claustrofóbica inmensidad del SonarHall, ya puede empezar a vislumbrar en su cabeza un sencillo dilema: “SUSTO O MUERTE”. No hay muchas más opciones, vista la lista de artistas que han ido desfilando por ese escenario: Vessel, Autechre, Squarepusher… Y en la jornada final, ni más ni menos que Mika Vainio, uno de los padres de los seminales Pan Sonic. Vainio ha seguido la senda del “primero susto, luego muerte”, texturizando el ruido, arrojando secuencias arrítmicas bajo una fina luz púrpura que contrastaba con el ambiente rojizo del escenario, a cuyos lados muchachos acostados intentando recobrar las fuerzas gastadas por las inclemencias del fin de semana parecían en realidad víctimas civiles de la ofensiva militar del tío Vainio. Probablemente esos muchachos ya saben lo que es intentar echarse una siesta en el infierno. Así, arrullados en un ruidismo elíptico a veces interrumpido brusca e intencionadamente, con un pequeño amago final de base rítmica (recortada y abstracta, pero rítmica al fin y al cabo), nos adentrábamos en la última jornada del Sónar de Día. [David Martínez de la Haza]

TOURIST. Nada puede salir mal si suenan Chvrches. Eso debió pensar el músico y productor londinense William Phillips, también conocido como Tourist, al decidir empezar su actuación en el Sónar con su remezcla de la maravillosa “Lies” del trío escocés. Y para qué vamos a quitarle la razón: precioso comienzo. Como podíamos esperar, no menos bonito fue lo que siguió después. Eso sí, con todo el material grabado, todo atado y bien atado, sin lugar para la improvisación o el error. No importa: preciosas canciones, que al final es de lo que se trata. Abarcando desde un dubstep finísimo y emocionante hasta un 2-step gordote como el que trae consigo la emotiva y sensual “Wait”, quizás su canción más redonda hasta la fecha, la propuesta de Tourist ha ido ganando enteros conforme se desarrollaba su set. Apunten su nombre si no lo conocían; los que allí hemos bailado torpemente en la primera fila ya nos hemos quedado con su cara y con su buen hacer. [DMC]

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EVIAN CHRIST. El oscuro SonarHall se transformó en una especie de campo de pruebas balísticas en el que nuestros oídos se vieron arrasados por una tralla de beats bien gordos al estilo grime y nuestros ojos fueron ametrallados sin tregua por cinco haces de luz que nos apuntaban fijamente desde el fondo del escenario. Unas pantallas semitranslúcidas situadas a unos metros de los focos dejaban pasar su luz y, a la vez, permitían reflejar las múltiples formas geométricas que la luz iba tomando en forma de flashes. La estancia estuvo llena de humo durante toda la actuación, potenciando el efecto de inmersión cuando las luces atravesaban la nebulosa. Una experiencia no apta para epilépticos y muy atractiva para quien guste de jugar con sus sentidos. [JMC]

ZEBRA KATZ. Para quien todavía desconozca el nombre (y la persona / personaje) de Zebra Katz: este chaval es un negrazo de casi dos metros de altura (o eso parecía visto desde el pie del escenario) que impone en el físico, que tiene algo de oscuro en la mirada pero que, sin embargo, sabe atenuar todo lo dicho con cierto halo de feminidad que remite directamente a la escena ball vogue de principios de los 90 en Nueva York. No, no es casualidad: Zebra Katz es amigui de Azealia Banks, pero en vez de lanzarse hacia un callejón sin salida contra el que estampar su inmensa bocaza, este hombre ha preferido mantener un perfil bajo a medida que iba editando temarrales de hip-hop queer y dark. Al SonarDôme llegó con un mono blanco que hacía más imponente su presencia mientras lanzaba bases lúbricas sobre las que planeaba su voz cavernosa y sensual. Zebra Katz bailó y nos hizo bailar, sudó y nos hizo sudar, cantó y nos hizo cantar (¿hay alguien que no se atreviera con el apoteosis de “Ima Read“?)… Y, en todo caso, si hizo que echáramos de menos algo, fue precisamente verlo en un horario más nocturno o en la penumbra amenazadora del SonarHall. ¿Para la próxima? [RDT]

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BOMBA ESTÉREO. Los colombianos Bomba Estéreo lo tenían todo para ser los grandes triunfadores de la última jornada diurna sonajera: sus dos últimos discos ensamblan cumbia y trap como si se conocieran de toda la vida y son tan guachis que podrías comértelos; eso sin contar que el vídeo de “Fiesta”, con su paranoia flúor, anticipaba también una puesta en escena bastante espectacular. Era el momento de demostrarle que no tenían razón a aquellos que se mostraban reacios a que una propuesta como la suya invadiera el SonarVillage y no el Womad (que se supone que es lo que les toca). Bomba Estéreo lo tenían todo para triunfar en su día: prime time (unas calentitas siete y media de la tarde), la gente muy chufada y muy in the mood y el escenario estrella (que no el escenario Estrella por más que tengamos una amiga que se empañaba en quedar con nosotros todo el rato ahí el día anterior). Y, a tenor de lo bailongo de la masa descalza del Village (ojito podólogos de Barcelona, esta semana haréis el agosto curando hongos a mansalva), Bomba Estéreo triunfaron. Pero no aquí. Para Fantastic Plastic Mag su actuación fue casi decepcionante. No hubo puesta en escena (al menos, no al principio). Esperábamos que Liliana Saumet apareciera con bien de plumas y algún traje que ni Róisin y, sin embargo, se plantó en el escenario con un conjunto blanco rollo American Apparel bastante ramplón. Hacia el final sí que hubo digievolución en el look, pero para esta casa ya era tarde. Ya nos habíamos aburrido porque, a esas horas, ni trap ni ná, aquello era una orquesta de pueblo tocando temazos (eso no se lo quita nadie). Empezaron bien con “Caderas” que sonó fuerte, pero hits “Fiesta” y “Amanecer” tardaron en llegar y llegaron mal. Se le dio demasiado protagonismo a trabajos anteriores que viraron el concierto más hacia “Paquito el Chocolatero” que hacia la música avanzada. Nos fuimos cabizbajos y decepcionados. Hubo “Fiesta“, sí, pero de pueblo de la sierra. [Estela Cebrián]

VALESUCHI. Cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta. Y el amor ayer llegó en forma de techno precisa y preciosamente hilvanado, bien acidito, en ocasiones acompañado de un house atinado e incluso algún brote de electro-cumbia. Básicamente así se podría resumir a grandes rasgos el efectivo set de Valesuchi, alias artístico de la chilena Valentina Montalvo, que no ha dejado a nadie quietoparao en el escenario SonarDôme (lo diré ya: mi preferido de todos los espacios del Sónar de Día). Engordando bien los graves, la sesión de Valesuchi ha ido cargándose de combustible conforme avanzaban los temas, algunos de cosecha propia, puesto que diría que por ahí sonó algo parecido a “The Boss”, incluido en su fantástico EP “Golosynth” publicado el pasado año en Discos Pegaos. Si musicalmente el set ha sido una roca sin apenas fisuras moldeada a ritmo de 4×4, el aliciente de comprobar cómo la misma dj era incapaz de contener el baile por momentos ha sido otro trigger más para que la audiencia (que ha ido agolpándose progresivamente hasta prácticamente llenar el Dôme) se dejara llevar muy guapamente. En esencia, que si de técnica va sobrada Valesuchi, de actitud ya ni os cuento. Esta muchacha va a ser muy grande, no olviden mis palabras. [DMC]

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HOLLY HERNDON. Quizás necesitaríamos semanas, quizás meses, quizás una publicación de doscientas páginas, quizás una enciclopedia. Quizás todo eso para no sólo explicar la actuación de Holly Herndon ayer en el escenario SonarComplex del Sónar (que también), sino para aprehender y luego procesar el caudal de ideas que se generan a partir de ella. No obstante, apenas disponemos de escasas horas y palabras para intentar transmitir parte de lo que supuso el show que ha compuesto Holly Herndon, acompañada de Mat Dryhurst y Colin Self, el/la artista y performer que colabora en alguna de las canciones del último disco de Herndon, el imprescindible “Platform”. Con Dryhurst en un rincón del escenario ocupándose del grueso de proyecciones y entramado informático y con Self dando la réplica a Herndon en un diálogo de aullidos y voces angelicales deformadas y ocasionalmente practicando unas coreografías salvajes, la actuación transitó en el aspecto estrictamente musical por un paisaje polimórfico y arrítmico, donde la electrónica de vanguardia se mezclaba con melodías preciosas y un envoltorio glitch que le otorgaba un cierto enraizamiento de su sonido a figuras pioneras de la experimentación con clicks & cuts. Este status melódico casi preformativo y primitivo se nutre en su esencia de un discurso filosófico-político tan apasionante como ocasionalmente contradictorio, con una reflexión sobre lo que podríamos llamar el meta-yo en la era digital, el culto de la imagen en un contexto multiplanar y, en definitiva, la nueva y mejorada sociedad del espectáculo. Arte total en su única forma concebible actual. [DMC]

HENRIK SCHWARZ. La primera en la frente (o una forma un poco enrevesada de abrir la crónica de este dj set): poco después de abrir su sesión en el Sónar 2015, encargada a su vez de cerrar el escenario SonarVillage hasta el año que viene, Henrik Schwarz dejaba caer una mezcla mejorada e intensita del “Wasting My Young Years” de London Grammar. A nadie se le debería escapar que la banda de Hannah Reid, sin ser una representante directa de este género, ha estado de alguna forma u otra ligada al mal llamado deep house que siguió a la hecatombe Disclosure. ¿Dónde está el retruécano? En que Schwarz es más que probablemente uno de los nombres más importantes de la escena del verdadero deep house (no en vano, su nombre siempre va asociado a una de las grandes casas de este género: Innervisions). Si el dj estaba soltando una puya finísima o si yo me estoy haciendo una paja innecesaria es algo que no podremos saber nunca, pero lo que sí que pudimos ver y disfrutar y bailar fue una sesionaca bien intensa donde el deep house (de verdad) exploraba sus intersecciones con géneros colindantes con especial presencia de techno-house y de electro gordote. Una cosa os digo: en esto de los djs, hay dos tipos en el mundo, los que se lo toman como una ciencia y parece que se aburren a los mandos y los que, como Henrik Schwarz, no pueden evitar danzar y transmitir que se lo están pasando pirata mientras pinchan. Esta segunda casta de djs es infecciosa: te transmite una carga cinética de energía que, en el caso de la sesión de Schwarz, no tardó en extenderse por el SonarVillage como una pandemia de gozo y alborozo. Ante semejante espectáculo, sólo habían dos opciones: o corrías hacia el Sónar de Noche con el cuerpo bien entonado… O te mordías las uñas por no haberte comprado la entrada y que tu fiesta se acabara allá. [RDT]

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