ANOHNI marca a fuego el segundo día de Sónar 2016

Consenso general a la hora de considerar a ANOHNI como la actuación que marcó a fuego la segunda jornada del Sónar 2016… ¿Y una de las mejores del año?

 

La segunda jornada de RAÜL DE TENA en SÓNAR 2016… Ayer abría mi crónica de la primera jornada del Sónar 2016 explicando cómo este es un festival que no puede abarcarse de modo fragmentario, como una concatenación de conciertos inconexos el uno del otro. De hecho, tiene cierto sentido: otros festivales funcionan como un concierto de rock, con las pausas necesarias (y a veces demasiado largas) entre canción y canción… Pero este es un festival de música electrónica, y su propia experiencia transcurre como una sesión remezclada en el que vas fluyendo de un tema a otro, de un concierto a otro. Ese ansiado stream of consciousness que es el verdadero “chase the dragon” de todos los aficionados a la música electrónica en directo.

Sea como sea, y precisamente porque mis compañeros de fatigas en el Sónar 2016 ya van a dejar suficientemente cubierto el Sónar de Día, creo que lo mejor que puedo hacer es centrarme en el Sónar de Noche. Aun así, cuatro apuntes sobre lo que pude vivir en el recinto diurno… El Niño de Elche y Los Voluble: lo entiendo, lo comprendo, me parece necesario y, superadas las dos primeras canciones, incluso me metí hasta las trancas en su propuesta de música experimental con discurso social. Aun así, no pude evitar la insidiosa sensación de que el mensaje era muy obvio, que los visuales eran muy obvios y que la música, por lo menos cuando apostaba por el noise ruidista, era muy obvia. Cierto es que el concierto fue ganando en matices (sobre todo en lo musical y en lo vocal, con los impresionantes quejíos de El Niño) a medida que se acercaba hasta el final, pero eso no consiguió quitarme de encima la sensación de que el conjunto ganaría con una sofisticación de un mensaje más complejo y menos “on your face“.

Más todavía: lo de Danny L Harle fue colosal como reflejo directo de la fragmentaria mente de la generación que ha crecido con YouTube, saltando de un vídeo a otro a los 20 segundos por puro aburrimiento. Déficit de atención. Hiperactividad millenial. Histerismo esquizofrénico. Y todo ello recubierto de pelotazos de optimismo pop y una atmósfera general que recordaba al happy hardcore de hace siglos pero reconvertido para el siglo 21. En comparación a esta mareante pero estimulante mirada hacia el futuro, lo de John Grant servía de linimento para el alma al ser el concierto más “concierto” de todo este Sónar 2016: setlist impecable, jits tremendos, hipnótica presencia del osazo Grant sobre el escenario, estribillos coreados por el público al completo y esa sensación de que formas parte de algo más grande, que no se puede explicar. Sólo lo entenderás si lo has vivido alguna vez en este festival.

ANOHNI

ANOHNI

Y vamos ya a por el Sónar de Noche y, sobre todo, vamos ya a por ANOHNI, que aquí y ahora tendré que nominar como el equivalente a la vez que negativo de la actuación de Arca en la edición pasada del festival. Equivalente por ser uno de esos directos en los que sientes que la música avanza hacia adelante, hacia fronteras no exploradas todavía bien lejos de las zonas de confort de la música en directo. Y negativo porque lo que en Alejandro Ghersi fue oscuridad y diálogo con un futuro en el que no hay espacio para las ideas, sino sólo para las sensaciones especulares y fracturadas como un espejo que acaba de estallar contra el suelo, en el caso de ANOHNI fue luz y emociones puras, por mucho que partieran de un discurso a priori bastante tétrico y pesimista.

La actuación se abrió con Daniel Lopatin (Oneohtrix Point Never) y Ross Birchard (Hudson Mohowake) cada uno en una punta del escenario, mirándose el uno al otro y separados por una especie de pasillo en el centro del escenario por el que todos esperábamos que saliera ANOHNI. Curiosamente, y marcando a fuego la dinámica del concierto, la artista no apareció en el escenario hasta el final de la primera canción, “HOPLESSNESS“, dejando que los protagonistas fueran la música por un lado y unos visuales en los que aparecía un primer plano frontal de una mujer cantando la canción.

Cuando por fin salió al escenario, ANOHNI lo hizo cubierta en una especie de ropaje negro de los pies a la cabeza, sin mostrar su cara en ningún momento del concierto. Sólo podían verse sus manos danzando al son que marcaban sus dos compañeros… Y esto, considerando cómo ha transcurrido la carrera de la artista, no se puede tomar de otra forma que como una elocuente declaración de intenciones. Al fin y al cabo, el primer disco de ANOHNI podría haber tratado perfectamente de su transición de hombre a mujer, y seguro que eso hubiera vendido sobre el papel cuché mucho más que la infidelidad de Jay-Z en el último trabajo de Beyoncé. Sin embargo, si en el disco resulta interesante cómo ANOHNI se elimina a sí misma del centro de las canciones para dar paso a un mensaje puramente sociopolítico, no es de extrañar que en directo apareciera amortajada en aquellas extrañas ropas que, de nuevo, la eliminaban del concierto para dejar en primer plano lo que verdaderamente interesa. El mensaje.

De forma sublime, sin embargo, ese mismo mensaje se desplegó sobre el público de forma compleja y con múltiples capas de sentido. Puede que gran parte de los asistentes (casi la totalidad, diría yo) pillara el discurso en torno a temas candentes como la guerra destructiva utilizando drones, la violencia de género o la ecología más beligerante, pero estoy prácticamente convencido de que, ante un concierto como el de ANOHNI, no hace falta saber inglés para entender y sentir el calado emocional que se desprende de todos estos temas. Siendo la artista como es, alguien que crea abriendo el pecho en canal para extraer el corazón si hace falta, está claro que su militancia política y ecológica no podía quedarse en la proclama inane, sino que a través de sus canciones podías sentir bajo tu propia piel el dolor que todas estas problemáticas infligen en el mundo entero. Empatía, que se le llama. Empatía, que muchos artistas olvidan que es la base de todo arte.

Resultaba curioso, sin embargo, contemplar a ANOHNI bailando de forma totalmente animada las canciones de su concierto mientras, entre el público, todos nos mirábamos unos a otros y hacíamos gestos del tipo “no puedo dejar de llorar”. Esto me hizo recordar que, desde un buen principio, ANOHNI afirmó que el cambio de nombre de su proyecto musical respondía a un cambio de rumbo en lo musical, ya que pretendía explorar la música de baile con lo que finalmente fue “HOPLESSNESS“. En directo, y viéndola danzar como una posesa sobre el escenario, tuve que obligarme a hacer el ejercicio de intentar escuchar la música sin su voz, sin las emociones intrínsecas a su garganta. Y sí, hay que reconocer que la mayor parte de las canciones funcionarían como temas de baile…

¿Existe algo más bello que alguien que es inconsciente de su capacidad de crear belleza? Eso mismo fue ANOHNI sobre el escenario: puede que ella sienta las canciones como puro motor de baile (que, por otro lado, lo son), pero impacta sentir cómo esa potencia de danza electrónica se ve dulcemente aplastada por su presencia, su voz, su capacidad para transmitir emociones y también los visuales de mujeres cantando las canciones en primerísimos primeros planos repletos de intensidad dramática.

¿Concierto del año? No. Señores. No. Concierto de la vida, más bien.

Red Axes

Red Axes

Pero sigamos hacia adelante en la noche, porque por mucho que después de ANOHNI muchos sintiéramos el impulso de decir “chao” e irnos a casita a reflexionar sobre lo vivido, el Sónar 2016 no detenía su maquinaria… Sino que seguía a plena potencia adentrándose hacia lo profundo de la noche. Permitidme aquí otro pequeño inciso: ¿tú también eres de los que dices que estás hasta el toto de otros festivales en los que te pasas todo el rato caminando de un lado a otro para, al final, no ver nada? Pues una cosa te digo: mi Sónar de Noche transcurrió todo en un mismo escenario, permitiéndome el lujo de gozar de las actuaciones al completo gracias a la capacidad del festival para, como decía más arriba, no permitir parones entre shows, sino hilvanarlos para no apartarte del anhelado stream of consciousness.

Tras la actuación de ANOHNI, ese mismo escenario recibiría las visitas primero de Red Axes (que optaron por la cultura del shock para hacernos salir del ensimismamiento post “HOPLESSNESS” por la vía de un technazo impagable pero para nada facilón) y más tarde de Flume, que vino con un discarral bajo el brazo, “Skin“, que le sirvió como trampolín desde el que lanzarse a los future beats más estimulantes que suenan precisamente a eso: a future.

Kölsch

Kölsch

Y, a continuación, el que se convirtió en la gran sorpresa de la noche para muchos: Kölsch. Puede que se uno de los pilares fundamentales de la factoría Kompact, pero ni eso hacía preveer la sesionaquer de techno megalómano que el hombre eternamente pegado a un sombrero se marcó en el SonarPub. Vale: el tipo tiró del cuatro por cuatro a base de bombo puro y duro como si no hubiera un mañana. Pero, chiquis, eran las horas que eran, y el que sea capaz de decirme que en ese momento no quería que le encularan con este torpedazo de sesión y que hubiera preferido algo más sutil, es que miente como un bellaco. Prueba de ello es que yo llegar a casa totalmente empapado al no haber sido capaz de abandonar la primera fila del escenario mientras llovía con cierta intensidad. Pero es que, cuando alguien te está regalando algo tan tremendo, ¿qué son cuatro gotas de lluvia?

Para sutilidades, sin embargo, tuvimos a John Talabot justo después de Kölsch. En el intercambio entre ambas sesiones, algunos intentaron hacer chascarrillo exclamando que “Talabot le ha dicho al Kölsch: oye, cabrón, sigue tú, que yo me voy, chao“. Ciertamente, después de una sesión tan impactante y física como la del de Kompact, se hacía difícil que nuestro Talabot pudiera estar a la altura… De entrada, pareció que iba a jugar en la misma liga que su antecesor y apostó por un techno con concesiones al bombo. Pero, una vez ganado al publicó, Oriol Riverola demostró que se puede conseguir el mismo nivel de intensidad que Kölsch sin quedarse encajado en un único (aunque jodidamente efectivo y estimulante) patrón rítmico. Como siempre, Talabot demostró versatilidad, capacidad para adaptarse a todos los terrenos y una inigualable voluntad de plantear las sesiones como viajes en Interrail que van pasando por múltiples países y enseñándote millones de paisajes. En conclusión: Kölsch ganó por encularnos directa y salvajemente, pero Talabot ganó por su elegante uso de la vaselina. Dos formas de dar placer, pero placer al fin y al cabo.

 

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