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Desde su propio título, “No Soy Sidney Poitier” (editado en nuestro país por Blackie Books) apela al absurdo y al cachondeo. Porque, además del título de esta novela de Percival Everett, ganadora del Believer Book Award en el año 2009, No Soy Sidney Poitier también es el nombre del protagonista. Esto viene a arrojar continuos juegos de lógica sobre todo lo que ocurre en la novela, porque evidentemente el personaje no es Sidney Poitier y su madre, Poitier de apellido, le puso No Soy Sidney como nombre a su hijo para diferenciarlo del actor que bien podría ser su padre (ya que el verdadero progenitor del niño es algo que la mujer se llevó a su tumba). Pero, cosas del destino, cuanto más mayor se hace el protagonista, más se parece a Sidney Poitier. Pero no es Sidney Poitier. Aunque, de alguna forma sí que es Sidney Poitier. Y, sobre todo, sí que es No Soy Sidney Poitier. Puro galimatías.

Pura confusión como la materia de la que está formado el mismo personaje, tal y como él mismo reconoce al principio de este libro narrado en primera persona: “Como casi todo el mundo, soy más triste que algunos, más tonto que otros, más flaco que la mayoría y mas gordo que unos pocos, pero nadie se ha sentido nunca más confuso que yo“. Y es que Everett alimenta (casi ceba) a su “No Soy Sidney Poitier” con la misma materia del absurdo: la propia existencia del No Soy Sidney es absurdo existencial, a lo que hay que sumar que, una vez muere su madre, su tutela pasa a manos del mismísimo Ted Turner, lo que le lleva a compartir viajes en barco con ese icono sexual ochentero que es Jane Fonda. Turner, además, es un tipo surrealista en sí mismo con el que es francamente difícil mantener una conversación coherente, puesto que sus respuestas nunca se ciñen a las preguntas y tiene una capacidad para divagar propia de un adicto a la marihuana. Y, cuando crees que el absurdómetro de “No Soy Sidney Poitier” no puede alcanzar cotas más altas, llega Percival Everett y hace acto de presencia en su propia novela como profesor universitario del protagonista. Sus clases de Teoría del Absurdo son, simple y llanamente, sublimes. Aunque si de sublimación hablamos, es inevitable remitirse a ese grand finale en el que por fin se encuentran Turner y Everett como el choque de dos cuerpos estelares que coliden y crean agujeros negros conversacionales fascinantes, hipnóticos y antimateriales.

En otro retruécano de lo absurdo, la propia biografía de No Soy Sidney puede escribirse en forma de parodia de la historia del hombre negro: la primera vez que marcha de su casa de multimillonario, se topa con unos policías paletos que le encarcelan por el mero hecho de ser negro y le ponen a trabajar en un campo de trabajos forzados (referencia directa a la era de la esclavitud negra); mientras que, en su segunda escapada navideña a casa de su novia, aterriza en el seno de una familia de negros que se esfuerzan en ser blancos o, al menos, aparentarlo (imagen poderosísima de cierta reacción de algunos negros una vez conseguida la presunta normalización). Ambas tendencias hacia el absurdo (la de personajes reales como Turner, Fonda o Everett apareciendo en las páginas de una novela por un lado y, por el otro, la de reescribir la historia negra en clave de opereta surrealista) forman parte de una voluntad mayor que acaba conduciendo a “No Soy Sidney Poitier” hacia una esfera literaria muy superior: la reescritura descarada e irrespetuosa de la historia propia de la cultura post-postmoderna.

Hubo quien se echó las manos a la cabeza ante las aproximaciones muy irreverentes y muy poco fieles de Quentin Tarantino a la Segunda Guerra Mundial en “Inglorious Basterds” y al pasado esclavista de Estados Unidos en la más reciente “Django Unchained“. Pero, como siempre, resulta que Tarantino no inventó la rueda. Si a la post-modernidad le tocó derribar los mitos y ensalzar la figura del anti-héroe a través de un miasma de referencias a la literatura clásica cada vez más sofisticadas y enrevesadas, la única salida de la post-postmodernidad está siendo directamente poner en entredicho la vericidad de la propia historia: si el recuerdo es poco fiable y la memoria histórica la escriben los vencedores, ¿por qué empeñarse en la rigurosidad de los datos históricos cuando su mestizaje con la ficción puede arrojar nuevas luces (y numerosas sombras) sobre lo tratado? Es a través de este proceso de acercarse a la historia de forma laxa y cachonda, absurda y surrealista, como Everett consigue que su “No Soy Sidney Poitier” se eleve hasta una altura de gigante. Un gigante, eso sí, que está doblado sobre sí mismo, arreplegado sobre su estómago y riendo a carcajada limpia.

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