Ahora que está de moda acudir a la hemeroteca en busca de los ‘donde dije digo digo diegos’ de la negligente casta política de nuestro católico, apostólico y romano país, hagamos un ejercicio similar para buscar en nuestro propio archivo histórico todos los textos dedicados a los grupos y artistas de la escena alternativa canadiense: la mayoría de las palabras usadas indican que lo que sentimos en FPM por los músicos de la nación de la hoja de arce es, literalmente, pasión. De entre todos ellos, Stars siempre han ocupado un lugar privilegiado en nuestro corazón, quizá por el hecho de que tuvieran que vivir permanentemente a la sombra de compatriotas más célebres, lo que despertó en nosotros un sentimiento que mezclaba compasión y admiración. Pero este afecto no germinó espontáneamente, sino gracias al verdadero valor de la banda liderada por Amy Millan y Torquil Campbell: saber esculpir con un cincel de extrema delicadeza un pop robusto y sólido a la par que frágil, virtud unas veces infravalorada y otras vilipendiada, sobre todo, por la crítica especializada.

La trayectoria de Stars siempre se ha caracterizado por la manera en que sus dos cabezas pensantes y cantantes se fueron moviendo por los recovecos del amor para entregar unas letras cuasi dramáticas (interpretadas en varias piezas según los modos típicos del toma y daca entre el macho y la hembra) y unas partituras que intentaban rescatar del fondo de la cubeta del pop la fórmula idónea para cada momento. Así, su tercer disco, Set Yourself On Fire (Arts & Crafts, 2005), se mostraba como la amalgama perfecta entre las ideas poéticas y sonoras que pululaban por las mentes de Amy y Torquil; su continuación, In Our Bedroom After The War (City Slang, 2007), elevaba su poso emocional hasta los límites de una tragedia teatral sufrida entre las cuatro paredes de una habitación; y The Five Ghosts (Vagrant, 2010) rebajaba la gradación de su elixir épico para introducir sin miedo texturas electrónicas y revitalizar su espíritu pop.

Los tres LPs compondrían el retrato ya acabado de Stars: escuchados de una tacada, se obtienen las respuestas a las posibles preguntas surgidas en torno a los de Toronto. Lo que no significa que su sexta muesca en su discografía, “The North” (ATO / Soft Revolution, 2012), ya no tenga ningún sentido. Al contrario: intenta reunir los elementos distintivos de cada uno de esos trabajos, recuperar parte de la esencia de “Set Yourself On Fire” (auténtica rampa de lanzamiento del grupo) e incluir algunas pequeñas sorpresas de propina que recuerdan a los primeros pasos de la carrera de la banda. Por ejemplo, el corte inicial, “The Theory Of Relativity”, que hace honor a su título al reflejar la volatilidad estilística de los canadienses al desplegarse sobre una base de tecno-pop nocturno humedecida por sorprendentes vapores italo-disco que encaja como un guante en el habitual tête à tête vocal entre Amy y Torquil; “Hold On When You Get Love And Let Go When You Give It”, en la que se inserta su conocida dialéctica sobre las cosas del querer en una esponjosa combinación de sintetizadores y punteos de guitarra ochenteros; y “Walls”, donde las hechuras sintéticas se imponen positivamente.

El pulso pop clásico que identifica el credo starsiano se concreta en la agilidad de “Backlines” y “Progress”, acaparadas ambas por el factor femenino; la melancolía de la homónima “The North” y “Through The Mines”; y el brillante perfil de “A Song Is A Weapon”, que bien podría pasar por bonus track del Strangeways, Here We Come(Warner, 1987) de The Smiths. Mención aparte merecen un par de experimentos que rompen en cierto modo el previsible andamiaje del conjunto y cuyos resultados son dispares: por un lado, “Do You Want To Die Together” llama la atención por desmenuzar una especie de declaración de amor hasta la muerte entre un Romeo y una Julieta realizada a través de una dulce tonada sesentera cargada de electricidad; por otro, “The Loose Ends Will Make Knots” se pierde en una enredadera lo-fi con escasa chicha. Después, el nervio del álbum y del grupo se relaja hasta languidecer por completo cuando se atraviesan los correspondientes tramos baladísticos, que nada tienen que ver con los pasajes ardientes y purificadores de “In Our Bedroom After The War”.

Las grandes intenciones que Stars buscaban materializar con “The North” no tomaron la forma esperada debido a un impacto tibio, repertorio ondulante y lírica expresada en un constante déjà vu que no llegaron a satisfacer nuestro deseo (como buenos amantes y defensores de los canadienses) de que alcanzasen de nuevo la cumbre para disipar dudas, evitar que se subestimasen sus condiciones e impedir que se volviese a mancillar su fulgurante nombre. A pesar de todo, nuestra relación con Amy, Torquil y compañía sigue vigente. Porque los grandes romances resisten en lo próspero y en lo adverso, en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que… Ya saben cómo termina la letanía.

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