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Finales impuestos por los estudios, ese tema siempre tan entretenido. Primero, porque la discusión que puede generar es infinita (la mayoría de las veces estamos hablando de una realidad alternativa que en realidad nunca hemos visto) y, segundo, porque en muchos casos nos basamos en suposiciones que muy pocas veces podremos confirmar de primera mano con sus protagonistas. De “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982) y sus múltiples versiones a, yo qué sé, “Traffic” (Steven Soderbergh, 2000) y su desenlace dulzón que tanto chirría con el resto del metraje, el tema ha servido básicamente para generar cháchara, pero cháchara entretenida, que al fin y al cabo es de lo que se trata. ¿Ha sido el final de esta película (que, tranquilos, no pienso desvelar, podéis seguir leyendo) impuesto por un estudio dispuesto a hacer concesiones a un outsider sólo hasta cierto punto? Lo ignoro: estoy, efectivamente, hablando por hablar, sin base alguna. Pero lo parece.

Porque “Stoker” es, de partida, una maravillosa anomalía en la cartelera: es esa película que se muestra orgullosa de no parecerse a ninguna otra y hasta presume, y con razón, de ello. Uno podría verla sin prestar atención a los títulos de crédito y detectar que algo extraño ocurre ahí, que a pesar de la presencia de una estrella consagrada de Holywood como Nicole Kidman y una incipiente como Mia Wasikowska, algo raro pasa, algún ingrediente exótico tiene que haber en la mezcla que produzca este resultado. La respuesta, efectivamente, está tras la cámara: es el debut en Estados Unidos del coreano Park Chan-wook, aquél que nos deslumbró a todos con aquel poderosísimo artefacto llamado “Old Boy” (2003) y nos siguió fascinando completándola en la llamada “trilogía de la venganza”. Un tipo con un indudable universo personal, que consigue despertar tu interés incluso cuando el resultado final es ciertamente fallido, como en “Soy un Cyborg” (2007). Lejos de otros cineastas extranjeros que son gustosamente engullidos por la maquinaria estadounidense, él se viene con su chiringuito a cuestas, sin demasiadas ganas (al menos aparentemente) de dejar de hacer su cine… Y la conjunción de estos dos elementos produce este resultado tan inusual, tan fascinante.

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Es tan difícil explicar “Stoker” (al menos hacerlo sin que tu interlocutor crea que le estás tomando el pelo) como dejarse arrastrar por ella. La trama es mínima y la cinta camina siempre en un complicado equlibrio que parece que le va a hacer caer en cualquier momento en el más absoluto de los ridículos (soy incapaz, por ejemplo, de decidir si ese fundido de la melena a la hierba me parece una genialidad o una mamarrachada). Pero es que no es esta una película que trate de convencerte: probablemente eso le da igual. Lo que quiere es agarrarte, arrastrarte con ella, sea hacia su caída o a su ascenso a la gloria (y esto, probablemente, tendrás que decidirlo tú). Ese ambiente malsano, ese turbio hilo de pasión, muerte, incesto y mentiras, esa incomodidad general que reina en el ambiente, ese aire de irrealidad que sobrevuela todo el relato y que te hace pensar que estás frente a un melodrama cincuentero hasta que una visita al instituto te devuelve a la realidad… Y lo visual, claro. Esa arrolladora puesta en escena donde cada estudiadísimo plano está tan cargado de información que crees que va a saturarte pero (de nuevo) lo que consigue es dejarte rendido a sus pies. Es una belleza extraña la de esta película, pero muy poderosa, y con una extraña capacidad de dejarte hipnotizado, como en esa inolvidable escena del piano tocado a cuatro manos.

Y ocurre entonces que la película se (me) derrumba cuando parecía que ya sólo faltaba rematar a puerta vacía. A apenas veinte minutos del final, a “Stoker” le entran de repente unas incompensibles ganas de explicar (de explicar lo inexplicable) y se convierte en otra cosa. En una más vulgar y menos interesante, pero sobre todo muy otra. No era esa la película que yo había venido a ver y no era desde luego la que había estado viendo hasta entonces. ¿Ha sido una imposición desde arriba? ¿Le ha entrado el canguelo en el último minuto al guión del guaperas Wentworth Miller? ¿O se ha cansado el director de ser el rarito de la clase y ha decidido que ahora, en su nuevo cole, quiere hacer amigos? Lo dicho: probablemente nunca lo sabremos. Cháchara. Pero el mal sabor de boca que deja este volantazo de racionalidad es de los que dan verdadera rabia. Eso sí, con todo, la película que debéis ver en este momento. [NOTA: 6,50]

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