Hay que reconocer que la última peripecia literaria de Bret Easton Ellis es un ejercicio de aquellos que obligan al “lo tomas a lo dejas”. Ya en su anterior “Lunar Park“, el autor se embarcaba en un arriesgado egotrip en el que retomaba su personaje más emblemático, el Patrick Bateman de “American Psycho“, y entrelazaba su regreso a las páginas literarias con las peripecias de un personaje que se presupone el alter-ego del propio Easton Ellis. Dónde empezaba la ficción y acababa la realidad, queda a gusto del lector. Lo que sí que significó toda una declaración de intenciones fue recuperar a un personaje del que se creía que sus vivencias habían quedado cerradas y volver a abrir el sello de envasado al vacío. Tampoco es nada nuevo: Balzac se pasó media vida re-escribiendo las biografías de sus personajes en La Comedia Humana… Así que el hecho de que el escritor haya recuperado al magnético Clay de “Menos Que Cero” para convertirlo en el protagonista de “Suites Imperiales“, puede ser un ejercicio que obligue al “lo tomas o lo dejas”, pero no sorprenderá a nadie.

Lo que sí que puede que sorprenda a muchos es el hecho de que, a diferencia de otros compañeros de generación que se han quedado atrapados en su propia red de clichés, “Suites Imperiales” certifica que la pluma de Bret Easton Ellis sigue afilada, fría y certera como un jodido escalpelo en manos de un cirujano loco. Un cirujano loco, pero genial. Podría pensarse que el escritor opta por aferrarse al facilón “nada cambia” para potenciar la sensación de que, con 25 años más a sus espaldas, los personajes de “Menos Que Cero” siguen embarcados en la misma patera de desidia y desconexión vital que les va hundiendo poco a poco en una deriva inmóvil. Pero eso es algo demasiado fácil para Easton Ellis: en su lugar, el autor prefiere marcarse una trama con ecos de cine negro y pulp (la cita que abre el libro, de Raymond Chandler, no es gratuita) para apuntalar una trama absurda que deja al descubierto el nivel de daño psicológico con el que aquellos personajes deben lidiar a la hora de enfrentarse al mundo real (aunque esto de “real” es un decir). Este mundo real, como no podía ser de otra forma si se siguen las pistas ya existentes en “Menos Que Cero“, es el Hollywood actual, donde Clay es un importante guionista cinematográfico y el resto de sus antiguos amigos son agentes de actores y otros oficios cercanos al mundillo del celuloide. De hecho, la apertura del manuscrito es excepcional, con el protagonista disertando sobre el tipejo que, haciéndose pasar por un colega, robó sus vivencias para vomitarlas en un libro que al final acabó adaptándose en una horrible película que no hacía justicia a la realidad.

Suites Imperiales” (título que, como la novela de la que parte, vuelve a ser una referencia a Elvis Costello) es un libro que transcurre con la suavidad de la seda pero con la textura entre rugosa y placentera del terciopelo. Easton Ellis hace gala de una capacidad innata para el monólogo interior cristalino y perturbador a la hora de poner sobre la mesa una trama conspiranóica en la que nada es lo que parece porque, al fin y al cabo, lo más seguro es que nada de lo que todos los personajes creen que esté pasando (los teléfonos pinchados, los asesinatos premeditados, las escaladas sociales a golpe de stiletto) realmente esté pasando. Absolutamente todos los personajes siguen alejados y desconectados del resto de seres humanos, atrapados en su propia red de conspiraciones sociales y emocionales, por mucho que lo que en la juventud era hastío ahora se ha convertido en una asocialidad paranoide. Así, por la vía de la irreverencia y un tomateo elegantísimo que se pasa por el forro los parámetros que todos queremos leer (es imposible no pensar en las propias vivencias del autor cuando habla de Hollywood), Bret Easton Ellis consigue con “Suites Imperiales” lo que debería perseguir cualquier autor que pretenda defender su vigencia después de tantos años en el panorama literario: demostrar que es capaz de hacer lo mismo pero de forma totalmente diferente y fresca.

[Raül De Tena]

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