Desde que vi las primeras imágenes y teasers que aparecieron de “The Amazing Spider-man”, no me entusiasmé demasiado con este reboot del super héroe trepamuros debido, en primer lugar, a la proximidad de la primera versión cinematográfica llevada a la pantalla magistralmente (aunque al principio hubieron sus dudas) por el maestro Sam Raimi. En segundo lugar, porque las imágenes en cuentagotas que nos suministraban desde el departamento de marketing que mostraban a Andrew “cara somnolienta” Garfield me desanimaban: parecía que, más que lucir las mallas de un superhéroe, llevara su pijamita de Spider-man listo para ir a la cama.

Marc Webb, consciente de que apenas hace diez años de la primera película de Raimi, se aleja del Parker nerd encarnado por Tobey Maguire y lo sitúa en el instituto, donde Peter es un loser introspectivo con skater. Además, hace una inclusión que antes no se había tenido en cuenta y que puede tener su jugo para futuras secuelas: la historia de los padres de Spidey. “The Amazing Spider-man” empieza, de hecho, poniendo sobre la mesa la relación de sus padres con su próxima pero fortuita conversión en hombre araña debido a las investigaciones que llevaron durante toda su vida entorno a la hibridación de especies.

Este Amazing Spider-man de Webb oscila entre diversos géneros: ciencia ficción, aventuras, terror y comedia romántica. De hecho, destacaría este último género, que es lo que la diferencia en mayor medida de sus antecesoras quizás fuertemente influída por el background de Webb, cuyo primer film (“(500) Días Juntos”) se convirtió en el hito Indie romántico de la temporada. Las escenas íntimas que protagonizan Garfield y Emma Stone son frescas y naturales. No obstante, uno tiene que hacer un ejercicio profundo de suspensión de la credibilidad para tragarse que la Stone (Gwen Stacy) tiene 17 años y que, además de sacar notables en el insti, creernos que en sus ratos libres se dedica a preparar antídotos anti-reptilianos en una de las corporaciones científicas más importantes de NY. Hablando de credibilidad, sorprende las veces en la que este Spider-man revela su identidad secreta, saltando así por los aires la dualidad esquizofrénica de todo superhéroe: el chico normal de día y vengador enmascarado de noche: Peter le dice sin más a su novia Gwen que es el colgado en mallas que pulula por los rascacielos sin escapársele a esta ni un suspiro. Lo mismo con su padre. No duda en ponerse a luchar en medio de su instituto o de quitarse la máscara para insuflar valor al pobre crío atrapado en el coche a punto de caer en el vacío. En parte, pone en relevancia que es solo un tío normal con máscara, que todos pueden ser héroes (como los obreros, los policías o el propio niño); pero, por otro lado, es un pilar fundamental de todo superhéroe debatirse y a veces atormentarse por mantener esa doble personalidad que, en el fondo, no es más que la búsqueda de uno mismo. Y en este caso, esta búsqueda, esos cambios tanto físicos como espirituales, son obvios cuando hablamos de un adolescente que busca su lugar en el mundo con el mantra interno del “¿quien soy?”

La némesis de Spider-man es en esta ocasión un “mad doctor”, el Dr. Curt Connors, encarnado por unRhys Ifans que se convierte en lagarto gigante con malas pulgas En general, un malo sin mucha sustancia, anodino y fácil de matar, más interesante por su relación con los padres de Peter que como malo en sí. Martin Sheen, encarnando al mítico Uncle Ben, lanza sus peroratas morales al desorientado Peter, omitiendo la sentencia mágica de las pelis de Raimi y protagonizando una triste (como siempre) pero artificiosa muerte que llevará a Peter a convertirse en Spidey.

En general, “The Amazing Spider-man” está falta de una atmósfera definida y concreta y, en parte, la música de James Horner no ayuda. Le falta intensidad y hay momentos tan didascálicos (sonido de una arpa cuando se besan en la azotea) que da risa. Cierto es que Webb aporta mayor realismo a la franquicia: Spider-man sufre y se magulla, hay sangre y lágrimas. La película está carente de ese tono plástico e irónico de las anteriores y los actores son los principales responsables de esto… Para bien. Me sorprendió Andrew Garfield, en el que tan poco confié en un principio, dotando al personaje y a su relación con Gwen de verísmo teen y frescura. Aún así, falta perspectiva para poder comparar con fundamento la saga raiminiana de esta nueva intrusión en la vida del superhéroe más campechano.

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