Hester (Rachel Weisz) cierra las ventanas de su cuarto y prepara minuciosamente su ritual de suicidio tras escribir una carta a su amante Freddie (Tom Hiddleston) creyéndose abandonada. Hester ama con todas sus fuerzas a Freddie, por el que ha dejado atrás su acomodada vida y a su marido, un reputado juez, aburrido y convencional, para fugarse y vivir su amor en un pequeño cuartucho alquilado. Estamos en la Inglaterra de la postguerra y que una mujer deje a su marido y su aburguesada vida por un pilotucho egocéntrico e inmaduro no es para nada convencional. Como tampoco lo es Terence Davies y su cine. Davies es uno de los cineastas británicos más inconformistas pero también más “clásicos” del panorama actual, con pocos pero escogidos títulos en su filmografía que gozan de un denominador común: todos sus filmes parecen bañados por un halo melancólico, por una pátina de tiempo y memoria.

The Deep Blue Sea”, basado en la obra teatral de Terence Rattigan y con un precedente cinematográfico con Vivien Leight bastante alejado del actual, no es un melodrama al uso. El melodrama de Davies se diluye en sus formas, pero su geografía nos recuerda irrevocablemente a grandes filmes como “Breve Encuentro” de David Lean. Bien sabe el realizador que una de las piezas claves del melodrama es hacer participar al espectador de los deseos desatados y dramáticos de una verdadera heroína, y es en Rachel Weisz, esa mujer de belleza y formas clásicas, donde encontramos a nuestra “drama queen”. Rachel es la adúltera Hester, una moderna Emma Bovary que se tira la manta a la cabeza y abandona todo por un amour fou, por la belleza y la pasión del nuevo y joven amor, un amor forjado entre el humo y los vapores del pub inglés, entre las canciones cantadas a coro, las húmedas callejuelas de Londres y su espesa niebla. Un amor bohemio, de alcoba y arrebato. Rachel es una persona que ama demasiado y que se verá castigada y desplazada por ello, sin rumbo y en el lodo. Vamos, “between the devil and the deep blue sea” (que en castellano vendría a traducirse como “entre la espada y la pared“).

La narración no lineal sigue los recovecos de la memoria, los recuerdos de su vida pasad, y el anhelo de lo que su amor pudo haber sido y no fue. Terence maneja con maestría la cámara, muchas veces estática, utilizando planos / contraplanos hieráticos como ese en el que Hester se encuentra con su marido en la puerta de su casa o enmarcando a los amantes en sombríos pubs de papel pintado. Estática incluso en esa persecución de Hester en el metroen la que la cámara, en su silencio, capta la angustia, la vulnerabilidad y el desamor en los ojos de Rachel Weisz. Otras veces, el lenguaje es el movimiento de la cámara, como la apertura en la que recorre la fachada hasta la ventana y se pasea parsimoniosamente por el ritual suicida de la protagonista, como ese travelling lateral en el metro de Aldwych o como ese movimiento vaporoso y circular sobre los amantes desnudos en la cama. Y la música: no hay melodrama sin un buen musicón. Un Concierto para violín de Samuel Barber, por ejemplo, encumbrando las escenas y dotando los silencios de Hester de un fluido diálogo interior.

Gran parte de la narración se sitúa en interiores tanto físicos como espirituales. Es el interior de Hester, sus pensamientos y sus recuerdos, lo que vemos. Los pubs ingleses, con sus sucias moquetas y sus mohosas paredes, ofrecen el contrapunto, junto a las canciones populares, a ese mundo interior de nuestra heroína. Es lo común lo que en cierta manera aúna a una ciudad, un país que todavía arrastra los traumas de la guerra: una ciudad en ruinas, oscura y triste, que encuentra consuelo en las canciones populares cantadas a coro, como la maravillosa escena del metro repleto de personas cantando “Molly Malone”. Hester, ajena, no comulga del todo con esta coralidad, imbuida como está en su propio torbellino de pasiones. De hecho, ella, como abanderada de la pasión y el amour fou (que tanto critica su flemática suegra) y su abrigo rojo destacan por sobre la paleta de colores apagada y sobria que tiene el filme. Aunque Davies, sabio hombrecillo, parece hacer una radiografía de los diferentes tipos de amor: el pasional de Hester y Freddie, con sus dosis de histerismo y humillación; el del Sr. Collier (Simon Russell Beale) hacia su adúltera mujer, dañado pero incondicional, casi devoto; y el más emotivo y real, el de la casera y su enfermo esposo al que debe limpiarle el culo cada día. Eso es amor.

The Deep Blue Sea” se cierra en círculo, con un juego de ventanas que se abren y se cierran primero para dar paso a la muerte: se cierran por un amor enfermo y moribundo. Y se abren al final para dar paso a la claridad del día, al nuevo amor, a la nueva ciudad y el nuevo espíritu que deberá renacer de las ruinas carbonizadas de un amor abrasador.

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