Cuántos adjetivos, extranjerismos, neologismos y palabros se podrían utilizar para clasificar la corta pero intensa historia de The Drums… Todos los que queráis, menos uno que voy a obviar voluntariamente: ese anglicismo que empieza por hache, acaba en e y en medio tiene una i griega y una pe. Más que nada, porque ya cansa un poco leer y escuchar cómo se relaciona tal expresión con el grupo de Brooklyn, sin reflexionar seriamente si sería lógico o cuando menos significativo hacerlo a estas alturas. Puede que hace un año se aceptase con normalidad, tras el derroche de elogios y exageraciones (si hasta se habló del grupo en ese alter-eco-informativo-qué-cool-somos que es La 2 Noticias…) que trajo consigo el fogonazo que supuso ver aquel videoclip (magníficamente sencillo) de unos chavales corriendo en plena noche, guiados por un rubiales de físico parecido al de cierto futbolista que juega de blanco, al ritmo de una tonada pop (sencillamente magnífica) imposible de rechazar y olvidar. Sí, quien más y quien menos, una vez exprimido hasta la última gota “Let’s Go Surfing”, se quedó pensando que, después de dos o tres temas igual de buenos para mover las piernas, The Drums volverían a su Nueva York natal con el rabo entre las piernas. Lo que sucedió posteriormente fue que esas dos o tres canciones se convirtieron en siete (incluida alguna no destinada al brinco y al salto fácil): el EP con aroma de disco largo, “Summertime!” (Moshi Moshi, 2009), ampliaba el registro de la banda y demostraba que el experimento iba a perdurar. Pobres de aquellos que se limitaron a seguir este caso como otros anteriores de fulgurante éxito y pronto se quedaron sin palabras al no haber pensado a largo plazo… Por no hablar de los agoreros que pregonaban a los cuatros vientos que el día que llegase su continuación en formato álbum sólo tendrían que añadir un par de piezas de relleno al listado de “Summertime!” y encontrar un título diferente para cumplir el trámite.

Si Jonathan Pierce, líder de los neoyorquinos, tuviese pinta de mafiosillo trajeado amenazaría a esos mismos capullos con aquello de “¡os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a los que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Jonathan cuando mi venganza caiga sobre ti!” Algo muy poco probable, porque tanto él como sus compañeros parecen no haber roto un plato en su vida. Así que la mejor manera de conseguir el mismo efecto era darles en toda la cara con un gran disco, para más inri, denominado simplemente “Album” (Moshi Moshi / Nuevos Medios, 2010). ¿Sería adecuado de buenas a primeras usar el término “discazo”, al estilo de los aduladores serviles que hace un año babeaban sin sentido a la espera de darles puerta ante el primer patinazo? No, no hay que dejarse llevar por una euforia impostada. Pero claro que hay motivos para la alegría: de entrada, “Album” sólo recupera las antiguas “Let’s Go Surfing” y “Down By The Water”, con lo cual, lo de repetirse se quedó en teoría de mediocres. Y el resto del repertorio mantiene a gran altura las virtudes de todo lo que se fue conociendo en estos últimos 365 días. A partir de ahí, tenemos a unos The Drums totalmente nuevos, frescos y lozanos.

De los dos cortes ya nombrados, qué más se puede decir… Sólo recordar que “Let’s Go Surfing” es el himno definitivo con el que por fin conseguir que el verano sea eterno y la razón por la que podemos echar a correr por una playa con los colegas sin más motivo que el de imaginar que su melodía suena alto y claro, aunque el resto de mundo se extrañe; y que “Down By The Water” refleja que el corazón de The Drums no siempre va a mil por hora. Tanto uno como otro sirven para describir a la perfección lo que nos vamos a encontrar en este LP: la primera mitad, bulliciosa; y la segunda, más calmada. Siguiendo esa estructura, al principio vienen a la cabeza los tiempos dorados del indie-pop británico primigenio, los días de vino y rosas de Sarah Records y la algarabía del twee-pop clásico. Lo curioso es que el optimismo que rezuman “Best Friend” (gran exaltación de la amistad), “Me And The Moon”, “Book Of Stories” y “Skippin’ Town” parece sacado tal cual de aquella época. Será debido a que la producción parece que sigue a pies juntillas las técnicas de grabación de aquel momento, aunque no olvidemos que estamos en el siglo XXI, con lo que sus intenciones no se centran en ser una mera copia. De hecho, casi se podría decir que The Drums han adquirido un sonido propio, al estilo de lo que ocurre con sus vecinos y compañeros de generación The Pains Of Being Pure At Heart, con los que comparten mucho más que influencias musicales.

Esta parte reluciente y vigorosa de “Album” se completa con “Forever And Ever Amen”, de lo mejor del lote, y que me recuerda cuál será el culmen de mi próximo CD de conquista (cuando aparezca alguien que se lo merezca). Por cierto, en este punto se escuchan los ecos que se mantendrán hasta el cierre del disco: los provenientes también de los 80, pero relacionados con The Cure (en los punteos de guitarra) y New Order (en las líneas de bajo). A la vez, el mensaje se vuelve más realista y negativo, como si The Drums nos quisiesen decir que también sufren como los demás y que no todo va a ser felicidad y algodón de azúcar. Para atestiguarlo, ahí quedan “It Will All End In Tears”, “We Tried”, “I Need Fun In My Life” (además de una necesidad vital, toda una declaración de principios) y “I’ll Never Drop My Sword”. Para el final queda “The Future”, con la voz de Pierce embriagada de esa sensación de incertidumbre que provoca pensar en eso mismo, el futuro, sea cual sea el asunto de la vida sobre el que se aplique.

Lo más natural es pensar que toda la explosión mediática surgida en torno a The Drums debería apagarse por un largo tiempo. Su disco ya es una realidad, y no hay que darle más vueltas. Además, si vuelve a salir a la luz ese temido anglicismo que empieza por hache y acaba en e, quizás comience a actuar el gafe que lleva a cuestas (lo llamaremos el síndrome The Strokes). Es mejor recurrir a otra palabra que revolotea bajo múltiples formas (a ella, a él, a los amigos…) sobre todo el minutaje de este álbum: una que empieza por a, acaba en erre y tiene una eme y una o en medio. My heart goes boom.

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