Tres años han tardado The Joy Formidable en dar forma a su flamante primer disco. Con el sugerente título de “The Big Roar” (Warner, 2011), el trío galés pretende callar de una vez a todos aquéllos que, desde 2009, clamaban al cielo pidiendo más, después del sorprendente e inesperado “A Ballon Called Moaning” (Black Bell, 2009): un mini-album que nos pilló a todos con los zapatos sucios y nos dejó con la boca abierta mientras que a ellos los convertiría en un fenómeno que no ha parado de crecer y de dar que hablar en los últimos meses. La pequeña troupe de la oxigenadísima Ritzy Bryan (líder y vocalista de la banda), a saber: su novio Rhydian Dafydd al bajo y Matt Thomasa a la batería, han conseguido con su gran rugir emular perfectamente a la Santísima Trinidad… Y es que en The Joy Formidable sólo constan tres miembros, pero en este disco consiguen sonar como un único ente pegado al amplificador y dejándose la sangre y el oxígeno en cada canción.

No quedarán descontentos los que auspiciaban un álbum cargado de guitarras vociferantes y melodías que suben hasta el cielo para estallar en mil estrellas. Los highlights de su estupendo EP, “Austere“, “Whirring“, “The Greatest Light is The Greatest Shade” y “Cradle” (todos incluidos en el largo, lo que deja ocho canciones nuevas e inéditas), ya dejaban entrever el escarpado y ascendente camino por el que querían transitar: un sendero que escarba y se transita a base de mucha grandilocuencia y de una épica y densidades sonoras que recuerdan mucho a aquél rock de cemento que se practicaba a mediados de los 90. Y es que sorprende que una banda tan joven se desmarque en este momento reivindicando un sonido que, pese a que tiene fieles y sanguinarios seguidores, últimamente no encuentra demasiado espacio en según qué medios. Su sonido podría tildarse incluso de un poco demodé -su EP ya sonaba anacrónico en un momento en el que gente como The Pains of Being Pure at Heart reivindicaban y reconstruían el shoegaze y sus paisajes de tripi vespertino. Sin embargo, las canciones de “The Big Roar” y el espíritu con el que las defienden The Joy Formidable suenan tan genuinos y auténticos que no importa que escuchando “A Heavy Abacus” te den ganas de desempolvar las camisas de franela o recoserte los parches de Nirvana.

Desde que “The Big Roar” empieza, con la muy progresiva y monumental “The Everchanging Spectrum of a Lie” (con ese clamor a ingenuidad adolescente de la letra), el disco es un no parar, una descarga adrenalítica que en alguna ocasión puede llegar a agotar. La voz de Ritzy, tan delicada y aguda, contrasta siempre con un fresco pintado a base de guitarras eléctricas que suenan a ejército, bajos apocalípticos y distorsiones limpias y apabullantes que lo mismo destilan noise que dream pop, mirándose en Pixies, Sonic Youth, The Smashing Pumpkins y My Bloody Valentine a partes iguales, lo que mamaron de pequeños lo escupen siendo adultos. “The Big Roar” no da ningún respiro: “The Magnifying Glass“, “Whirring“, “I Don´t Want to See You Like This“, “Chapter 2“… Son energía pura, hormona en vena y pasión totalmente desatada. No hay medios tiempos, no hay baladas, no hay relleno (ni siquiera en “Llaw=Wall“, con su calma aparente y cantada por Dafydd, se permiten descansar y su final, aunque contenido, es tan expansivo como el resto de canciones). The Joy Formidable van a lo que van: a dejarte mudo con su rock espectacular, a medio camino entre el espíritu libre de las bandas independientes y el rock de estadio. Si Metric debieran tener unos herederos dignos, esos serían The Joy Formidable (e incluso Ritzy Bryan podría ser casi tan Musa como Emily Haines si se esforzara un poquito más, porque carisma tiene de sobra).

Cuesta creer que los responsables de este perfecto ensamblaje sónico grabaran sus primeras canciones en un estudio improvisado en la habitación que compartían Ritzy y Rhydian. Quizá sea esa perfecta ejecución y un perfeccionismo casi insano lo que justifique el largo devenir hasta dar con el resultado definitivo. Sea como sea, el rugido de estos tres retumba más compacto de lo que se podía esperar, suena a homenaje, a melancolía por la adolescencia perdida y a éxito rotundo.

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