The Soft Moon es uno de los nombres más interesantes del siempre atractivo roster de Captured Tracks, esa discográfica que nos tiene embelesados desde hace tiempo (motivo por el cual le dedicamos en su día un necesario monográfico) debido a su concepción del término ‘independencia’, su peculiar e inalterable funcionamiento y el mimo con que trata a sus bandas. La consecuencia de todo ello es que el sello comandado por Mike Sniper ha generado una marca sonora indeleble y distintiva, casi propia, que parte del indie-pop de aromas ochenteros para extenderse hacia el lo-fi, el post-punk amable, el shoegaze, el dream-pop y todas las etiquetas derivadas habidas y por haber dentro de ese contexto estilístico. Algunas voces críticas achacan que el gran hándicap de Captured Tracks reside en que la pasión que se respira en su seno por esos subgéneros provoca que su plantilla artística parezca demasiado homogénea, sin entrar a valorar las virtudes, defectos y matices de cada grupo: el ejemplo que se suele sugerir es el del mimetismo entre Wild Nothing, Beach Fossils y DIIV, tres de las referencias más significativas de la casa de Brooklyn.

Sin embargo, dicha teoría se hace añicos racias al empeño por distanciarse de la manada de determinados elementos, como Mac DeMarco (que lleva a un nivel superior el calificativo de cantautor freak), Holograms (los rockeros de la familia neoyorquina) o, precisamente, The Soft Moon. Su fundador, Luis Vasquez, arrancó el proyecto de idéntico modo que varios de sus compañeros de hogar: encerrado entre las cuatro paredes de su habitación para componer música casera a modo de entretenimiento. Bajo las pautas de ese modesto y solitario plan, gestaría su debut en largo, el homónimo The Soft Moon (Captured Tracks, 2010), un completo muestrario de post-after-punk oscurísimo, joydivisiano, industrial, de rítmica milimétrica y tintes germánicos, tras el que Vasquez ocultaba su voz entre susurros espectrales. Tanta admiración y sorpresa causó aquel álbum, que al multi-instrumentista de San Francisco no le quedó más remedio que tomarse muy en serio lo que tenía entre manos y rodearse de algunos músicos y convertir The Soft Moon en una banda propiamente dicha (en la línea de su colega Jack ‘Wild Nothing’ Tatum), para potenciar su rendimiento tanto en directo como en estudio.

Inmerso en ese revolucionario cambio de estrategia, Vasquez encaró la elaboración de su sophomore, Zeros(Captured Tracks, 2012), guiado, además, por una figura ajena en la producción: Monte Vallier. Con él, sin salir de su San Francisco natal, empezó a dar forma a su segundo LP tras haber estado seis meses acumulando y puliendo ideas, las cuales tampoco difieren demasiado de las que mostró en el estreno de The Soft Moon y en el posterior EP Total Decay(Captured Tracks, 2011) y que se concretan en paisajes post-apocalípticos musicados por sintetizadores amenazantes y bajos percutores, secuencias motorik infinitas y segmentos vocales venidos del más allá. Una estética sonora que se resume en el corte introductorio del álbum, “It Ends”, que pone en situación al oyente sobre lo que se va a encontrar después: la poesía decadente de un futuro imaginario (pero posible) sacado de las pesadillas atómicas de la novela gráfica “When The Wind Blows” (Raymond Briggs, 1982), de los terrores cibernéticos de “Terminator” (James Cameron, 1984) o de la violencia de “1997: Rescate en Nueva York” (John Carpenter, 1981).

Luis Vasquez sublima en “Zeros” los efectos que, en los 80, tuvo en el terreno musical (especialmente en el post-punk y el synth-pop underground) ese recurrente asunto de un porvenir dramático para la humanidad. En este caso, ese ambiente decrépito se construye a partir de la percusión espartana y sincopada (usurpada al mismísimo Martin Hannett) de la esquizofrénica “Machines” y la agitada “Zeros”, las palabras ininteligibles y los gritos sintéticos de “Insides” (en la que igualmente el insistente riff de guitarra actúa como un punzón de lobotomía) y las líneas de bajo repetitivas de “Remember The Future”. No obstante, en esta última frase aparece, justamente, la gran pega de este disco: la repetición, fórmula idónea para ocasionar confusión, desasosiego e intranquilidad, pero cuyo impacto y alcance se va limitando con el paso de los minutos. Cuando aparecen “Crush” (a la que le cuesta despegar), “Die Life” y “Lost Years”, una extraña sensación de cansancio se apodera del cerebro, al que parece que ya no le asusta tanta turbación perfectamente calculada. Sólo “Want” varía el esquema, avanzando entre los latidos de un corazón fatigado para acabar entrando en un estado de trance ascendente que se rompe de golpe y de manera abrupta. Tras ella, una densa niebla de polvo se levanta mientras suena “sndE tI”, el tema que abre el álbum pero reproducido al revés, ni más ni menos.

Así cierra Luis Vasquez el círculo subyugante dibujado por “Zeros”, un reiterativo e irregular viaje en el tiempo treinta años atrás hacia la era en que una parte de la humanidad lo veía todo en blanco y negro, sin adornos, como la minimalista portada de este LP. Hoy, como entonces, el mensaje es simple: ten cuidado con lo que pueda ocurrir mañana. Miedo y pavor.

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