Cojan un avión a Londres e intenten desplazarse preferiblemente hacia el norte de Inglaterra. Vayan a los garitos más de moda y comiencen a preguntar a los lugareños modernos por algunos de los grupos más infravalorados y que más ansían ver en una gira decente por su propio país. Los tristemente separados Aerogramme, Idlewild, Frightened Rabbit, We Were Promised Jetpacks, Errors… Darán con una gran cantidad de bandas muy habitualmente provenientes de Escocia que, debido a un estilo personal y bastante distanciado de los focos de la capital, han alcanzado un cierto nivel de respeto en las islas. Obtendrán también a buen seguro el nombre de The Twilight Sad, un colectivo de tres miembros que, como es evidente al escuchar la voz de James Graham, provienen de alguna de las regiones más septentrionales del país, concretamente de un pueblo cerquita de Glasgow. Su historia comenzó en la segunda mitad de la década pasada con un par de álbumes bastante remarcables (especialmente “Fourteen Autumn and Fifteen Winters” -Fat Cat, 2007-) que los llevaron de gira por Europa y Nortemérica, ejerciendo como teloneros de bandas tan diversas como Battles, Beirut, los previamente mencionados Idlewild o, por supuesto, Mogwai, justos cabezas visibles de ese post rock al que nuestro trío presenta cada vez más tendencia a dirigirse con cada uno de sus nuevos lanzamientos.

Las diferencias de este “No One Can Ever Know” (Fat Cat, 2012) con sus predecesores son, sin ser mayúsculas, bastante obvias. Si bien en sus inicios se daban más al shoegaze basado en capas y capas superpuestas de guitarras; en esta ocasión, y sin dejar de lado sus señas de identidad más reconocidas, sí que se distingue un viraje hacia el uso de sintetizadores y bases de corte más electrónico que los acercan por evidente semejanza a los Nine Inch Nails más primigenios, al industrial de los 90 e incluso por momentos al post punk más oscurillo. Esta teoría queda inmediatamente refutada por “Sick“, primer adelanto del disco y corte que cumple al dedillo mucho de lo previamente expuesto: dista de sus anteriores éxitos (escojamos la enorme “Cold Days from the Birdhouse” o “I Became a Prostitute” como ejemplos) en la cesión del protagonismo hacia una base más electrónica en lugar de cimentarse en guitarras, aunque ambas sigan teniendo como factor común la magnética voz de Graham agonizando para imponerse por encima de todo. Y es de agradecer, pues sin duda es una de las bazas más importantes con las que juega el trío escocés. La épica “Alphabet” sigue las mismas pautas, abriendo además con un loop que perfectamente podría haber sido firmado por sus compatriotas Mogwai en su último “Hardcore Will Never Die but you Will” (SubPop, 2011). “Don’t Move“, “Nil“, “Don’t Look at Me” o “Another Bed“, con un estribillo por el que los White Lies ma-ta-rían aguantan el tirón de un álbum que, de entrada, pinta como si se fuera a desinflar en la segunda mitad… Algo que finalmente no ocurre.

El cierre viene de la mano de esa “Kill it in the Morning” donde la visita a Trent Reznor y compañía es más evidente que nunca, con ese inicio rocoso y repetitivo tan del palo “The Hand That Feeds“, un final que deja bien claras cuales han sido las intenciones del trío, al menos en este tercer álbum. Un “No One Can Ever Know” que, analizado fríamente, rinde tranquilamente (diferencias a un lado) al nivel de sus dos primeros largos, algo que costará más reconocer si no se le dedica alguna escucha más de las habituales, pues una variación de estilo en una banda con este ya asignado siempre se hace un poco más cuesta arriba. De cualquier manera, otro éxito para uno de los alumnos más aventajados de la música escocesa actual.

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