thee-oh-sees-floating-coffinLanzar un disco por año no parece lo más común en una industria tan compleja como la de la música, pero John Dwyer y los suyos van por otro camino, algo que no deja de ser loable. Thee Oh Sees han editado referencias sin descanso desde 2008 hasta hoy con una fórmula de garage y psicodelia muy conocida sin que eso signifique que hayan bajado el nivel. “Floating Coffin” (Castle Face, 2013) parece una sucesión natural a “Putrifiers II” (In The Red, 2012) -sólo hace falta escuchar “Hang a Picture“-. En su último trabajo, los de San Francisco suenan más contundentes que nunca, dando más importancia a la música que a la voz (la reverberación es una constante) y dejando ecos de hauntology por toda la grabación.

Jugar con conceptos y metáforas es una de las libertades que ofrece escribir sobre discos, por eso “Floating Coffin” me lo planteo como un viaje en coche que empieza con “I Come From The Mountain” y que concluye con “Minotaur“, el epílogo del recorrido. En el principio, se desciende de una carretera comarcal con curvas, barro y, de banda sonora, una casette empolvada de Teenage Jesus and The Jerks. La cantidad de capas instrumentales consigue que muchas veces las letras sean indescifrables: en “Toe Cutter / Thumb Buster“, la línea de bajo es continuada y la voz de Brigid Dawson le da un toque naif a la canción, aunque la realidad es que la letra habla de guerra. El espectro críptico lo encontramos también en “No Spell“, que suena como un susurro, o en “Strawberries One & Two“, cuyos primeros dos minutos son acelerados y el resto está formado por unos coros espirituales contrastados con arreglos salvajes. Entre historias de asesinatos y sangre se mezclan temas que invitan a moverse espasmódicamente como “Maze Fancier“, con un principio muy funky, pasado por un filtro de 16 Horsepower sumado a “Walk Like An Egyptian“.

The Floating Coffin“, tema que da nombre al álbum, resume en esencia este disco tan lisérgico, sucio pero a la vez bello gracias a la oscuridad que ofrecen “Night Crawler“, composición en la que la música tapa la voz, o el final inesperado de “Minotaur“, un medio tiempo acompañado de sección de viento, distorsión y doo woop que constituye el descenso de la montaña y la vuelta a la ciudad en la carretera de cuatro carriles.

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