Una se pone en la piel de Lee Unkrich cuatro años atrás, cuando John Lasseter le puso al cargo de la dirección de “Toy Story 3“, y no puede evitar sentir cierta descomposición estomacal a la vez que una tremenda empatía. Siendo la primera película de la factoría que dirigía individualmente (había codirigido “Toy Story 2“, “Buscando a Nemo” y “Monsters Inc.“), Unkrich sabía que capitanear una de las sagas más queridas de la historia del cine contemporáneo era una responsabilidad insana. Más si tenemos en cuenta que, desde que se estrenara la primera “Toy Story” en 1995, Pixar no ha dado ni un traspiés, ni de cara a la crítica ni al público. Eso, en quince años de historia, es mucho. Y claro, luego estaba estrenar después de “Wall-e y “Up“, dos pasos de gigante en lo que a evolución narrativa se refiere. ¿Podía este hombre igualar los hitos de estas películas con unos personajes tan conocidos para el público y unas tramas, a priori, mucho más infantiles? No sólo eso: ¿podría cerrar dignamente una saga con la que muchísimos de sus espectadores habían crecido? Pues sí, lo hizo. Y como diría Usillos: por la puerta grande.

Toy Story 3” es una emotiva historia sobre la amistad, la responsabilidad, la lealtad, el paso de la infancia a la madurez y la asunción de qué lugar se ocupa en este tumultuoso mundo. Todo con la carga emocional justa y la diversión como principal objetivo. Y es que lo que hace grande a esta película es su capacidad para conectar con las emociones del espectador y golpear sus sentimientos sin jugar con ellos. Si en “Wall-e” era la primera parte de la película la que nos ponía la piel de gallina, y en “Up” lo conseguían en apenas diez minutos de su metraje (dejadme que os confiese que todavía se me hace un nudo cuando veo la secuencia de la historia de amor entre Carl y Ellie), en “Toy Stoy 3” no es una, sino dos las secuencias que consiguen ponernos en una situación, ejem, incómoda dentro del cine.

Todo el periplo emocional que supone la aceptación (equivocada) por parte de los juguetes de que su dueño ha decidido donarlos a la guardería Sunny Day, la personal batalla de Woody para intentar convencerles de que no, que todo ha sido un error, la alegría inicial de sentirse útiles por primera vez en mucho tiempo y la preparación de la huída de la Sala Oruga en plan “El Equipo A” meets “La Gran Evasión” meets “La Roca“, constituyen un núcleo narrativo compacto, efectivo y de un ritmo impecable. Y luego, claro, están todos los nuevos personajes que nos encontramos por el camino: Lotso, el Oso que huele a Fresa en su papel de mafioso que conduce a su antojo las instalaciones de la guardería y cuya motivación es el terrible rencor que le produce haber sido “sustituído” por parte de su dueña. Su ciego egoísmo le lleva a convencer a El Bebé, un enorme Nenuco que da verdadero canguelo y que hace las funciones de matón, de que él, igual que El Payaso, fueron vilmente abandonados -grande el momento en el que Woody le reprocha: “solo TÚ fuiste substituido”-. Y es que en esta tercera parte, Woody, como siempre, es un highlight continuo: el que pone raciocinio en los momentos de pánico, el punto de apoyo cuando todo está perdido, el valiente que nunca deja a sus amigos atrás…

En esta ocasión, el contrapunto de Buzz Lightyear se difumina y pierde vividez en sus momentos estelares: es divertido recordar al primer Buzz como aquél soldado obsesionado con su particular visión del cumplimiento del deber, pero quizá es un poco facilona su transformación en un galante Don Juan latino con voz en la versión doblada de, oh dios mío, El Cigala.

Mención aparte merece Ken (cuyo “no soy un juguete para niñas” ha levantado auténtico revuelo en los aburridísimos sectores feministas, y no es broma) y su especial relación con Barbie, que deja al descubierto un muñeco de tremendas sensibilidades (que lidera partidas clandestinas de póker), cuyo armario hace que le tiemblen las puntas a la rubia de plástico, que cree encontrar a su media naranja y que no se cansa de repetir: “es como si estuviéramos hechos el uno para el otro”. Aunque, claro, ambos tienen intenciones diferentes: Ken debe cumplir con su deber y obedecer a Lotso, mientras que Barbie le debe lealtad a la tropa de Andy que la recoge cuando su dueña, Molly, decide deshacerse de ella.

Todo ello convierte a esta película en una compleja y divertidísima obra maestra, en la que uno no se siente adultamente ridículo por sentirse infantil y en la que no se trata a los niños como diminutos espectadores pasivos. Un lujazo de verano que, lejos de ser la típica película para salvar la papeleta con los directores ejecutivos, se convierte en una de las mejores cintas del año. Habrá que ver qué pasa con las próximas secuelas confirmadas por Disney: las segundas partes de “Cars” y “Monsters Inc.” (no volveremos a ver material original de Pixar hasta 2012, cuando se estrene “Brave“). Solo cabe esperar que Lasseter, Stanton y compañía no pierdan el norte y puedan soportar con elegancia la presión de la major, más teniendo en cuenta el rotundo éxito narrativo y de taquilla que ha sido “Toy Story 3“; y es que los chicos de la productora de animación siempre se ponen ellos mismos el listón altísimo. Pero, ¿acaso no es eso lo que los hace los mejores?

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