Impresiona observar cómo las letras francesas operan bajo unas reglas completamente distintas a las españolas. Mientras que aquí las nuevas generaciones sólo parecen proliferar en base a una ‘modernización’ de su lenguaje narrativo (es decir: hipertecnificación, estilo brioso, capacidad de síntesis), el panorama literario del país vecino permite que sus nuevos valores crezcan al amparo de los modelos literarios más clásicos. Como si no tuvieran miedo a la impermeabilidad de un mercado cada vez menos acostumbrado a lo que se salga del canon del best seller. Para dejarlo más claro todavía: mientras que aquí la literatura pop se ha impuesto como vía de acceso al panorama librero, allá no sólo se permite el crecimiento de un autor joven como Jean-Baptiste del Amo, quien no sólo bebe de autores clásicos como Balzac y Diderot (eternas influencias teóricas que no tiene por qué verse reflejadas en la práctica), sino que incluso se premia con un galardón tan ansiado como el Goncourt una novela como esta “Una Educación Libertina” (publicada en nuestra país por Cabaret Voltaire), donde la prosa es barroca y recargada como si hubiera sido escrita en pleno siglo XVIII y donde la trama no permite hipertextos con Twitter y Facebook que fascinen a los lectores más impresionables. Impensable en España.

El principal activo de Jean-Baptiste del Amo es su capacidad extrema para enlazar la dilatación descriptivista del naturalismo con el gusto moderno por la truculencia y la irreverencia que roza lo escatológico. “Una Educación Libertina” empieza recordando poderosamente a los pasajes más contemplativos de “Los Miserables” de Víctor Hugo: la descripción de las calles del París del xiglo XVIII y sus recovecos más sombríos llama inevitablemente a los periplos legales de Jean Val-Jean estrechamente enlazados con la revolución. Llegado cierto punto, sin embargo, queda bastante claro que lo que Hugo ponía al servicio de un retrato realista de una miseria moral y social, del Amo prefiere acercarlo a otro tipo de bajeza moral que tiene más que ver con las pasiones de la carne y con la observación casi freudiana de sus excrementos y excrecencias. De hecho, no es descabellado entroncar en la prosa de “Una Eduación Libertina” a Hugo con otro autor francés que siglos después ha alcanzado la relevancia por vías totalmente diferentes: Michel Houellebecq. Comparte Jean-Baptiste del Amo con este último un gusto extremo por la astracanada escatológica vistada con ropajes de alta alcurnia: en “Una Eduación Libertina”, por ejemplo, asistimos a la “explosión” de las ropas de un mendigo recubierto en su propia mierda.

Es en este punto donde el lector ha de decidir si (siempre desde un punto de vista subjetivo) el ejercicio le es lícito o no: “Una Educación Libertina” tiene tantos puntos para enamorar como para ser odiado. Es inevitable rendirse ante una escritura con una capacidad sublime para enroscarse sobre sí misma y sobre el objeto descrito sin espantar al lector. E incluso es imprescindible rendirse ante el retrato de un ascenso oportunista mancillado por una caída antes de tiempo: da igual que, al final, el protagonista consiga medrar en la sociedad aristócrata, puesto que el peaje moral que ha pagado pare ello es tan grande que su carne y su mente nunca podrán recuperarse. Pero, pese a todo lo dicho, también es inevitable plantearse si del Amo no está más ocupado a veces sonriendo autocomplaciente ante su enrevesada búsqueda de lo escatológico de y la abyección corporal y moral cuando debería afinar más el retrato psicológico y aprovechar con mayor acierto las posibilidades de su historia: llega un punto en el que el lector puede llegar a pensar que la gracia de “Una Educación Libertina” será que lo que creíamos una historia de ascensión social se quedará en algo tan raro de ver como un fracaso social. Pero, tentado por las luces de lo tradicional, el tramo final del libro se acelera en un acceso a esa aristocracia ansiada durante toda la novela por el protagonista. Un ascenso que, como todo cáncer maligno, una vez empieza su metástasis (la disolución de la identidad y el enajenamiento de uno mismo respecto a su propia carcasa física) roerá el cuerpo humano a una velocidad espantosa. Impresiona. Pero si impresiona por la vía facilona o no es algo que queda a la subjetividad de cada lector.

[Raül De Tena]

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