Al poco de arrancar la trama, el narrador de “Una Novela Natural” diserta sobre la imposible existencia de la novela moderna una vez lo trágico se ha visto desterrado de nuestras exsistencias. La única salida, tal y como anuncia el título del manuscrito de Gueorgui Gospodínov, es “hacer una novela sólo de aperturas“. Mantener la ilusión intacta, la tensión en suspense, las expectativas en lo más alto… Todo mediante un hábil juego de sabotaje en el que abortar los arranques e impedir las carreras de fondo. Lo interesante es que Gospodínov, por mucho que diga que esta es una meta muy poco modesta, consigue zafarse victorioso de sus propias zancadillas. Su historia de reflejos y espejos en la que el editor (ficticio) se ve proyectado en el narrador, acaba siendo un delicioso ejercicio de escapismo vital y literario: si las cosas nunca dejan de arrancar, ¿cómo meterse en el meollo del asunto? Y aquí hay meollo: el proceso de separación del protagonista después de que su mujer le ponga los cuernos con su mejor amigo (e incluso se quede embarazada) se difumina en los límites de las mil y una obsesiones compulsivas del narrador. Ya sea a través de su focalización absoluta con las moscas o los WCs (e incluso ligando ambas obsesiones), el protagonista realiza un divertidísimo e hipnotizante juego de manos continuo, dejando al descubierto sólo las cartas que quiere que veas y enseñándote las esquinas de las que quiere que intuyas. Todo para mantener intacta tu perplejidad.

Hay en “Una Novela Natural” toda una disertación encubierta (con esos juegos que el autor practica con una socarronería infinita) en torno a la ambigua línea que separa la desestabilización psicológica del genio creativo: desde el prólogo tardío del editor, es inevitable mirar el manuscrito con ojos de fascinación en torno a la pericia creadora del narrador (y del propio Gospodínov). Pero la propia narración conduce al lector, de forma subrepticia, hacia la sospecha de que ese genio creativo convive con una perturbación mental destructiva en lo vital a la par que creativa en lo artístico. Y así, suspendido en medio de las bolas con las que Gospodínov borda sus particulares juegos malabares, el lector pasa a través de “Una Novela Natural” como un suspiro, como quien bebe un vaso de agua fresca en verano: con urgencia pero con los sentidos abiertos al cien por cien, asimilando la propuesta del autor en la totalidad de ese humor irónico que encubre un fondo no sólo oscuro… también endiabladamente profundo.

Raül De Tena

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