La historia de Wendolin Kramer es universal como Kirk Cameron y “Los Problemas Crecen“. Bueno, quizá un poco menos. Pero sí que tiene mucho de pop universal y de Jung y de post-modernidad. Wendolin Kramer en realidad se apellida Durán; aunque en su casa adoptan el apellido Kramer por el afán de su madre, Marion, de aportar un toque exótico comiquero a su vida. Por la misma razón, Marion le obliga a su marido a llevar gafas de ver aunque no las necesite (para que se parezca a Clark Kent) y habla con su hija un alemán macarrónico que nadie más entiende. En el seno de los Kramer también vive Munk, que en realidad se llama Earl pero al que Marion llama Gus: es un rusty rosa que, en el momento en el que se sucede la historia, vive deprimido porque ya no es el perro más popular de los certámenes de belleza canina que él siempre ganaba (y con los que mantenía económicamente a su disfuncional familia). Wendolin tiene treinta años y ningún oficio… por mucho que se anuncie como detective en los clasificados de La Vanguardia.

De hecho, su pasatiempo favorito es pasar las horas en el Daily Bugle, la tienda de cómics de Marvin Rodríguez que, efectivamente y como has adivinado ya por el tinte general de la historia, le debe su nombre a Marvin Gaye (al cual odia). A quién no odia Marvin es a Peter Parker. Porque quiere ser como él. Y por eso, siempre que se encuentra ante alguna situación complicada (y en el libro se encuentra con unas cuantas por culpa de Wendolin), piensa cómo actuaría Peter Parker en su lugar. Marvin también está enamorado de Wendolin. Porque le recuerda a Mary Jane (que, por si no eres comiquero o terrícola, es la novia pelirroja de Spider-man). Pero Wendolin pasa de Spider-man. Ella cree que es Súper Chica. Y se lo cree de verdad; todo gracias a Marion, que le ha cosido a su hija un súpertraje que siempre lleva encima (más bien debajo… de sus ropas habituales). Un día, a Wendolin le cae un caso. Un caso duro: una conspiración editorial con un imitador de Virginia Woolf como protagonista, un asesino a sueldo que lee a John Fante y un reportero del New York Times que también están implicados.

Este es el universo que Laura Fernández teje en su segunda novela, “Wendolin Kramer” (editada en nuestro país por Seix Barral) después de la exitosa a la par que marciana -e imposible de encontrar- “Bienvenidos a Welcome“. Laura, que es joven y sospechosa habitual de las publicaciones de tendencias y medios escritos, cree que la única religión posible en nuestros días es el fenómeno fan. Por eso sus personajes se mueven impulsados por la inercia de aquel que necesita leer o ver dibujadas en papel algunas líneas que le sirvan para conducir sus tristes vidas. Para unos, puede ser el Papa o Dios… Para los personajes de la escritora, son Kirk Cameron o una autora literaria ficticia.

La habilidad narrativa de Fernández es pasmosa: estructurada en capítulos breves, “Wendolin Kramer” consigue construir una trama no por menos compleja sí muy enrevesada que engloba a cantidad de personajes y lugares inventados de la geografía barcelonesa. La trama se sucede con la misma velocidad que las viñetas de los cómics de la Marvel. Un flis-flas le sirve para definir a sus personajes, sus filias, fobias y motivaciones -que son escasas pero que también las tienen-; y con una agilidad increíble teje una historia que en la superficie es una divertida paranoia de freakies metidos a detectives y de estafas literarias, pero que en el fondo es una enternecedora historia de perdedores y de soñadores incapaces de encontrar un hueco en un mundo que no gira a su ritmo: Wendolin es enfermizamente infantil; su perro es un tirano misántropo con patas; Marvin se acompaña de su propia Air-Doll; Marion vuelca en su hija sus frustraciones y locura y las lectoras de Vendolin Wulfin encuentran en la lectura de su ídola un escape y una forma de reafirmación. No sabemos cuál, pero lo hacen. Una de esas historias, en definitiva, que acoge gran parte de los leit motivs de la literatura de nuestro tiempo y que sabe aunarlos de forma sincera, hábil y, sí, generacional (en este libro hay mucho de la cultura 90s), con unos personajes que resultan caricaturescos pero que nunca caen en la parodia de los losers feos y totalmente desapegados del mundo que les rodea. Estos personajes, por el contrario, consiguen despertar en el lector la empatía y no la condescendencia y, al final del camino, (ob)tienen una ración de realidad que les sirve para darse cuenta de que, más allá de las calles del Gótico, en esa Barcelona de postal que tanto critica la autora, hay un mundo en el que están obligados a encajar de una forma u otra… Una moraleja triste que no empaña una lectura divertida y desenfadada que destila entusiasmo e inteligencia en todas y cada una de sus letras.

[Estela Cebrián]

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