woodkid-the-golden-ageEn lo tocante a música, la utilización de la épica comporta una ventaja básica y más que evidente: es realmente fácil conseguir que alguien se deje embargar por lo que está escuchando, que lo sienta con intensidad y que se implique emocionalmente como si no hubiera un mañana. Pero toda ventaja tiene su reverso oscuro, y la principal desventaja de la épica musical es que, con la misma facilidad que te eleva, puede no sólo cansarte, sino incluso molestarte. Todo depende de la cantidad… Y la verdad es que, hasta este momento, era difícil saber si el gusto por la épica de Woodkid se iba a pasar de la ralla o lo iba a conseguir controlar como quien doma a un monstruo marítimo gigantesco. Teniendo en cuenta que, hasta este momento, Yoann Lemoine sólo había lanzado singles y EPs, era difícil hacerse una idea de por dónde irían los tiros: en estos formatos de menor duración, está claro que el artista ha de optar por epatar y enganchar, y ahí es donde la épica se muestra infalible. Aun así, más allá de golpetazos sobre la mesa del tamaño de “Iron“, “Run Boy Run” o “I Love You“, en todo este tiempo Woodkid también ha sabido demostrar que era capaz de construir temas subyugantes sin recurrir al mentado recurso: “Baltimore’s Fireflies” (del EP “Iron” -Green United, 2011-), algo así como Perfume Genius perdido en “Dentro del Laberinto“, es una buena prueba de ello.

Ahora, sin embargo, ya podemos juzgar: Woodkid lanza su primer larga duración, “The Golden Age” (Island, 2013), y aquí ya no sirven los trucos de mago ni los fuegos de artificio. En un LP es inadmisible el “pan para hoy, hambre para mañana” que supone el uso de una épica que puede levantarte una canción, pero también puede destrozarte un álbum… No haré esperar para el veredicto: “The Golden Age” peca de largo (catorce canciones), pero hay que reconocer que Woodkid sabe conducir el conjunto a través de una montaña rusa emocional que, sin embargo, no abotarga ni abruma. Las subidas y las bajadas están sabiamente calculadas para que el cansancio ante la grandilocuencia nunca haga mella en la experiencia del disco en sí. Si analizáramos “The Godlen Age” como una curva de intensidad, está claro que despegaría con el crescendo del tema titular, subiría muy alto con “Run Boy Run” y “The Great Scape“, descansaría en “Boat Song“, en “I Love You” se elevaría durante unos instantes antes de volver al sosiego de “The Shore“, se ensalzaría de nuevo con “Ghost Lights” y “Stabat Mater” pero optando por una pátina oscurilla que amortigua los martillazos sonoros, en “Conquest of Spaces” dejaría entrar la luz antes de tomar aliento con la preciosa “Where I Live” de cara al subidón final, protagonizado por una “Iron” que se ve epilogada por la teatralidad desbocada de “The Other Side“… ¿Conclusión? Variedad y variaciones suficientes como para demostrar que la épica no es una, sino muchas; y que en el terreno del desparrame megalómano también pueden existir matices.

Habrá quien busque los matices de “The Golden Age” en sus plausibles referentes musicales: no es errado afirmar que Woodkid ha conseguido extraer un petróleo negrísimo y brillante de la tierra yerma que hay entre Hurts y These New Puritans, pero tampoco sería descabellado fabular qué pasaría si otros artistas como Antony Hegarthy o el ya mencionado Perfume Genius descubrieran lo bien que encajarían sus torch songs en la banda sonora de “Game of Thrones” con tan sólo meterle un bombo por aquí y unas campanas monacales por allá. Pese a lo irrefutable de estas referencias, es más acertado ponderar los logros de Lemoine de forma más panorámica, sin rescindirse a lo música: los temas de “The Golden Age” parecen romper las fronteras de lo musical para dirigirse a otras areas de la cultura y el imaginario colectivo. De esta forma, no es difícil imaginar las trompetas crecientes de “The Golden Age” punteando la entrada en la batalla del abismo de Helm en “El Señor de los Anillos“; la percusión loquísima de “Run Boy Run” bien podría acompañar el vuelo de Bastian sobre Fuyur en “La Historia Interminable“; no sería descabellado pensar en Baz Luhrmann realizando un remake de “Django Unchained” utilizando “The Great Escape” como main theme; el romanticismo desbocado de “I Love You” y sus campanas abre-cielos podrían marcar la tragedia final de “Romeo y Julieta“; los impactantes coros de “Stabat Mater” son concebibles como una representación de “Edipo” en el teatro del averno griego; la belleza gótica y desnuda de “Where I Live” puede actuar de esqueleto del amor perdido de Orfeo ante el desvanecimiento final de Eurídice; “Iron” abre las puertas a¡ la devastación final del mundo multicolor de Narnia; “The Other Side” sería una buena alternativa a los cántico de los remeros del barco de Ulises en su imposible retorno a casa… Perdonen ustedes los clichés. Son para que nos entendamos todos. Y está claro que Woodkid quiere que le entienda cuanto más público, mejor.

Al fin y al cabo, “The Golden Age” es un álbum para dejar volar la imaginación. Uno de esos discos que escasean y que sirven para llevar en los cascos mientras caminas por la calle e imaginas otros mundos posibles a tu alrededor: realidades de fantasía en las que el pensamiento moldea nuestro entorno para convertirlo en el escenario de tragedias, en nidos de drama, en panorámicas batallas medievales. ¿Alguien sigue haciendo esto? ¿O soy el único?

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