youth-lagoon-wondrous-bughouseY, al tercer día, Syd Barrett resucitó.

Esta es también la historia del gusano y la crisálida: la historia de cómo salir del nido de mamá y no pegarse la hostia padre. O, por lo menos, intentarlo. Lo hemos visto en millones de películas americanas: muchacho hipersensible, coleccionista de suspensos en educación física y con tendencia al aislamiento se convierte en personaje popular de la noche a la mañana, más que probablemente a causa de cierta habilidad especial. Entonces las chicas empiezan a fijarse en él, aunque sea feucho, y el profesor de literatura deja de ser su mejor amigo. Con el cambio de rol y estatus social, llegan nuevas responsabilidades, nuevas dudas… La aventura de crecer demasiado rápido y no volverse majareta. El precipicio está a la vuelta de la esquina.

Prueba de la timidez del chico detrás de Youth Lagoon es que necesite un alias artístico si ha nacido con el nombre más bad-ass del planeta: Trevor Powers. Trevor tenía apenas 22 añitos cuando escribió en su habitación de Boise, Idaho, un puñado de canciones que terminarían convirtiéndose en un disco maravilloso titulado “The Year of Hibernation” (Fat Possum/Turnstile, 2011). Ahí recluído, entre constantes ataques de ansiedad y abandonado por su novia, Youth Lagoon hace música que flota entre la reflexión introspectiva y una catarsis de acné al rojo vivo. Su primer trabajo, en su faceta más extrovertida, sonaba a somnolienta excursión de boy scouts. Wondrous Bughouse (Fat Possum/Turnstile, 2013), por el contrario, es un festival de sonidos y colores apabullante, un caleidoscopio de psicodelia atormentada y frenética. Trevor se ha hecho mayor.

Parte de esta transformación seguro que se debe a la presencia de Ben H. Allen como productor (Animal Collective, Deerhunter), y la nueva paleta de efectos no tarda en hacerse notar: desde los primeros segundos del corte inicial, ya sabemos que esta vez nos enfrentamos a una bestia parda de diferente pelaje. “Through Mind And Black” es como echar una aspirina efervescente en un vaso de agua y observar qué sucede. Pero pronto llega “Mute” para despertarnos del trance y recordarnos al mejor Bradford Cox, otro querubín con pinta de ser carnaza para bullies desalmados. En el fondo es un temazo, al que sin embargo le sobra un par de brochazos de barniz en la superficie. De este efectismo desbocado viene a padecer el resto de “Wondrous Bughouse”, un álbum tan excitante como sofocante.

Con “Attic Doctor” llega el circo a los altavoces, a ritmo de vals, un tiovivo de pesadilla que gira endemoniadamente. Casi se puede oler el algodón caramelizado. Si te llegaron a romper el corazón temas antiguos como “Cannons”, “July” o “Montana”, quizás no entiendas muy bien qué hace Trevor con ese disfraz de arlequín sangriento, pero es un giro interesante en su carrera. No se le puede echar en cara falta de capacidad de sorpresa al chico. Y, a pesar de los obvios paralelismos (Mercury Rev, Flaming Lips), este disco recuerda a gente más oscura como Paavoharju, con su sonido enterrado bajo toneladas de efectos. Sólo que los finlandeses consiguen que suene a algo indescifrable, extraterrestre. En “Baths”, “Sleep Paralysis” o “Daisyphobia”, a Youth Lagoon se le ve un poco el plumero: un phaser por aquí, un flanger por allá… Es como si el conjunto no acabara de empastar del todo. Si en su interior encontramos sentimientos descarnados y letras sinceras que hablan de locura, enfermedad y muerte, el exterior es un poco falso y de cartón piedra.

Los mejores momentos llegan cuando esa carcasa de colores chillones se resquebraja levemente y deja brillar al verdadero espíritu de Trevor Powers, el gran compositor de talento desbordante. “Mute”, “Dropla” y “Third Dystopia” son grandes ejemplos de sus dotes para hacer canciones memorables, emocionantes y con personalidad. En este disco, además, se aleja un poco de su hermetismo introvertido, le da un ataque de revival psicodélico y llega reencarnado ante nosotros como el mismísimo Syd Barrett. A uno sólo le queda esperar que no se le vaya la mano con los alucinógenos y que la fama no convierta esa fragilidad tan suya (y tan de Syd) en vulnerabilidad desafiante. En megalomanía. Ese papel, a Trevor, le viene grande. Porque él, igual que todas las personas retraídas, gana puntos en las distancias cortas. En la intimidad.

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