Linda Guilala han tardado mucho en entregar su segundo álbum… Pero la espera ha merecido la pena, porque en “Psiconáutica” pasan a mayores.

 

De Psiconáutica (Elefant, 2016), el segundo y esperado LP de Linda Guilala, se han ido conociendo varias canciones a lo largo de la últimas semanas, siguiendo las pautas de las nuevas estrategias de marketing musical apoyadas en avances dosificados para abrir el apetitito auditivo. Aunque, en realidad, ese apetito ya estaba en alerta desde que las vibraciones de la anterior referencia de Eva e Iván, el mini-LP Xeristar (Elefant, 2014), estaban a punto de disiparse y necesitaban ser prolongadas en una siguiente obra.

Pero volvamos a las muestras de adelanto de “Psiconáutica”. O mejor aún: olvidémonos -sólo por un instante- de ellas, a pesar de haber adelantado las virtudes de álbum que las contiene y de haber señalado brillantemente el camino de baldosas amarillas por el que se mueven Linda Guilala a través de una nebulosa alejada de coordenadas terrenales. Porque “Psiconáutica” es un disco que se basa en una estructura clásica de introducción, nudo y desenlace que rompe con la condición de simple colección de canciones y se convierte en un conjunto bien hilvanado y cohesionado que se debe escuchar de manera fluida, sin saltos bruscos.

Esta característica puede empujar a pensar que “Psiconáutica” es una especie de álbum conceptual. Al menos, a nivel estético, ya que su repertorio recorre de principio a fin y con una secuenciación calculada los renglones canónicos y los vericuetos más sugerentes del shoegaze, agitado para la ocasión por el ímpetu del noise pop y dulcificado por la sutilidad del dream-pop. Así pues, este disco está planteado para que el receptor se embarque en un viaje a través de un espacio no sólo sonoro (que concentra feedback eléctrico, fogonazos de distorsión guitarrera y sintetizadores deslumbrantes), sino también visual (repleto rayos de luz de origen indefinido y estrellas psicodélicas).

En ese pequeño pedazo de universo, revirtiendo las leyes naturales, no existe el silencio: una vez que comienza a despegar la inicial “Principio Activo”, la espiral de sonido crece enlazada por interludios instrumentales (de títulos tan insinuantes como “Sinestesia”, “Desorden Químico” o “Síntomas Positivos”, que ayudan a establecer los efectos que provoca este LP a medida que se desarrolla) hasta que la final “Uroboros” desaparece paulatinamente entre los destellos de un horizonte muy lejano.

Aunque, para poder avistarlo, antes hay que seguir la estela de -ahora es el momento de recuperarlas- aquellas relucientes canciones que han ido estableciendo la dirección hacia la dimensión donde flota “Psiconáutica”. Eso sí, conviene hacerlo en el orden en que aquí se presentan para comprender su significado completo en relación al contexto sonoro global del álbum. Por lo tanto, se recomienda retomar la travesía con la lánguida y etérea “Monstruo” y meterse en el muro de ruido construido en el interior de “Cosas Nuevas” mientras la voz de Eva nos invita a romper cualquier cadena física o anímica y hacer caso a su llamada para luego subir a la esponjosa nube de “Fobia Social I”.

 

 

El primer cambio de tercio en este trip cósmico lo marca “La Última Vez (1ª Recidiva)”, perfecta aleación de efervescente indie-pop y melodía infecciosa que da paso a su canción melliza “Accidente”, culminación de una secuencia sencilla pero efectiva: se abre con ritmos parsimoniosos y después adquiere velocidad introduciendo al oyente en una montaña rusa cuyo movimiento oscilante de vibraciones sonoras y emociones cuasi patológicas se acentúa en la segunda mitad de “Psiconáutica”. Ahí el arranque synthpop de “Abstinencia” se difumina para coger impulso y conectar con la vertiginosa “Fobial Social II”, otro estallido indie-pop recargado de electricidad que forma la tempestad que precede a la calma de la híper-sensible “Ansiedad” -aunque suelta varias descargas de alto voltaje- y “Cayendo (2ª Recidiva)”, gema pop a la altura de los mejores My Bloody Valentine cuya letra define a la perfección la dinámica del álbum: “Cayendo Hacia El Cielo”.

Pero, pese a las connotaciones de esa frase y los vaivenes, la sinuosidad y las ondulaciones del viaje realizado, “Psiconáutica” no produce ninguna sensación de vértigo o de pérdida de consciencia. Al contrario: sus sacudidas son placenteras y sus cadencias ralentizadas tan penetrantes como esa otra afirmación expresada a caballo entre las mencionadas “Cayendo (2ª Recidiva)” “Uroboros”: “Si tengo que morir, que sea así”, en estado de ingravidez y en pleno éxtasis dentro del micro-cosmos creado por Linda Guilala.

 

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